The Guilty One

The Guilty One

Historias Coronavíricas de Ayer y Hoy

por Alien Carraz

La Marea Roja del Weonismo Mundial



Ah, qué lindo es ser Alien-ígena.
Acabo de ir al supermercado y he hecho la tediosa cola de los giles para poder acceder a gastar mi dinero (el que voy a deber) con productos caros y manoseados por potenciales infaustos portadores del covid-19 y que también sufren de la angustia, del miedo y de los otros males emocionales que cargamos encima los mortales criollos sumidos en la incertidumbre de una vida que nos ha pagado mal y nos ha condenado a ser gobernados por una manga de incompetentes en tiempos de crisis epidémica.

Increíblemente, esta pandemia ha servido para ahogar la otra epidemia social que se nos vino encima en forma de estallido y que se medio disolvió por culpa de los confinamientos, las regulaciones y restricciones en el desplazamiento y concentración de las personas.
Si no fuera por eso, tendríamos dos despelotes en uno.
En la cola, he sido extremadamente prudente y he guardado celosamente la distancia con la gente. Nada de cercanías menores a los dos metros. Mi vista la he puesto lejos del encuentro con otros ojos ansiosos por comunicar leseras o hacer preguntas tontas con la sola intención de tener algo que decir
¿Sabe usted a qué horas cierran el super?
Yo, con mi vista fija en el suelo y sordo como una tapia
(¡Grosero!) masculló en onda murmullo la vieja, simulando hablar consigo misma
Yo, con la vista fija en el piso como buscando cadáveres de coronavirus desparramados en alguna parte.
¡Pasen! - dijo el guardia con su respectivo protector buco-nasal de última generación que le daba esa apariencia de agente a cargo del arreo del ganado.
Lo mío es grave, odio las colas.

Entramos en lotes de a 10 o algo así. Adentro, no hay mucha gente y tampoco hay mucha mercadería en los estantes. Todo está caro. Busco las ofertas de “todo a $ 1.000” y queda muy pocas cosas que puedan servirme a la tonta causa de imaginar que estoy ahorrando (¡Já!).
En el pasillo de las cosas dulces, con sus envoltorios tapizados de letreros negros que indican que a duras penas son comestibles, me topo de frente con una señora (entrada en años y en carnes) que me mira como si hubiese visto al violador más degenerado de la historia. 
La doña se detiene a 5 pasos de mí. Se ajusta su mascarilla como para asegurarse que el aire que yo expelo no pueda conectarse de ninguna forma posible con el que ella respira.
Yo, vengativo y para puro joder, me ajusto el mío y la miro como si ella fuera la representación misma del covid-19.
Entonces, la vieja se apega al estante de las galletas y hace como que mira los envoltorios de algunas delicias de chocolate, pero que en una parte donde hay que buscar cuidadosamente para poderlo descubrir, trae adjunto un letrero que reza “Sabor a chocolate.
(¿Será lo mismo?)

Por mi cabeza pasan las imágenes del último discurso de Piñera y maldigo mi suerte de ser chileno.
Haciéndome el payaso, paso al lado de la horrorizada espécimen apegándome al anaquel contrario mientras la observo fijamente junto con un sugestivo entrecierro de mis ojos que es la viva insinuación de un violador dispuesto a todo por quitarle la ropa a los tirones y arrojarla al piso para satisfacer cada uno de sus más inmundos, bajos y kamasútricos instintos y de paso llenarla entera de coronavirusitos.
Con suerte la vieja no se desmaya.
Hay veces en que ser HdP resulta muy satisfactorio

La parte paranoica que el covid-19 impulsa al interior del cerebro me hace sentir que el aire dentro del supermercado es rancio y sucio. Las ganas de irme luego para mi casa me apresuran las piernas y las manos y me hacen cometer el error fatal de agarrar cosas que luego suelto como si apestaran.
Varias personas enmascaradas y enguantadas me miran desde una prudente distancia como si yo fuera un depredador con garras a punto de saltar sobre ellas.
Me restriego nuevamente la mezcla matavirus en forma de gel y les muestro mis manos. Quedo solo en el pasillo.

Por mi cabeza pasan las imágenes divertidas de la locura de ser humano y me cagué de la risa (prudentemente, para no asustar a las otras viejas que me saludaban con una leve inclinación de sus cabezas) recordando el momento en que, en el último partido de futbol que vi en vivo y en directo desde Argentina, los jugadores del Racing vs Aldosivi se saludaban al centro de la cancha chocando los antebrazos o haciendo “codito con codito” (al puro estilo covid-19). Un gesto de conciencia pandémica que parecía demostrar que, más allá de correr detrás de la pelota, los futbolistas son ciudadanos responsables y consecuentes con los tiempos de peste que estamos viviendo.
Sin embargo, la ilusión duró muy poco, porque tras aquellas muestras de civilidad importada, llegó el gol. Y con él, todo lo demás se fue a la cresta porque los “civilizados” empezaron con los abrazos eufóricos, los besos, los re-abrazos y más besos...Hasta salieron corriendo hacia la banca para estrecharse en un efusivo y nada de anti-pandémico abrazo grupal con los reservas...
¡Qué lindo es el fútbol!, ¡Qué pandemia ni que nada!, (¡Bésame el trasero, Covid!)