The Guilty One

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Acoso Sexual: Los Ñoños y la Feministéricas Creen que los Piropos son el Preámbulo de las Violaciones


Cuando Claudio Bravo se apareció en el aeropuerto con una facha digna de alguna estrella de esas que sólo se ven en las urbes sofisticadas del mundo, como Nueva York o Londres, la comidilla de la prensa chilena hizo su agosto desmenuzando los detalles de la vestimenta, especialmente del sombrero negro de ala ancha, de sus ajustados pantalones pitillos o de sus estilosas zapatillas negras y blancas. De inmediato, lo taparon con memes donde mezclaron su estilo con los excéntricos arranques fashion de un personaje estrambótico y parafernálico como Dimondo o con las recordadas postales de una diva fatal como la Joan Collins y sus grandes sombreros.

En las calles de la urbe metropolitana, muchas de nuestras mujeres, aquellas hermosas y bien dotadas por la naturaleza y la herencia, pasean sus divinas protuberancias embutidas en unas faldas que dejan poco a la imaginación o unos pantalones ajustados que enmarcan todos aquellos lugares donde la mente masculina tiende a volverse ardientemente imaginativa, o unos escotes que simplifican casi radiográficamente la posibilidad de que nuestro cerebro defina claramente cómo son, cómo están, cuántos cc y de qué turgencia podríamos estar hablando.

Las chicas citadinas de hoy son mucho más fieras que aquellos corderitos que aparentaban ser años atrás cuando la marea de gente en la calles –hoy un arcoíris multicolor- era una masa que no pasaba del gris, marengo, café, negro o azul marino.
Eran tiempos en los que casi todas las faldas cubrían púdicamente las rodillas y las boobies había que imaginarlas como quien recrea mentalmente el “paraíso” con la vista fija en la sección “melones de guarda” de la verdulería.

A pesar de las varias capas de enaguas, medias, telas, forros y espesos abrigos, los maestros de la construcción se las ingeniaban para sacar conclusiones acerca del producto al interior del envase y se mandaban sus floridos piropos que muchas veces no pasaban el filtro púdico de las buenas costumbres adscritas al manual de Carreño, aunque, generalmente, las mujeres no les hacían caso o las más de las veces se terminaban riendo una vez fuera del radio visual de los piroperos.
Las asesoras del hogar en tránsito a la panadería eran las víctimas perfectas de estos galanteos de quienes, colgados en los andenes, desataban a su paso salpicados coros de silbidos y otras parafernalias sonoras, mientras las pérfidas –gozando con disimulo el momento de gloria- se hacían las sordas o actuaban sus mejores poses de enojo o indiferencia.

Eran otros tiempos. A nadie se le hubiese ocurrido acudir a la justicia para formalizar una campaña municipal con el fin de establecer normas de comportamiento y poner multas o meter presos a quienes andan con el verso en la boca y clavan la vista en las formas femeninas expuestas en todo su esplendor.
¿No será que la justicia debe tomar cartas en este asunto y aplicarles la ley a todas aquellas féminas que no tienen el menor descaro en exhibir sus anatomías como si los hombres fuésemos invidentes estatuas de carne y no tuviésemos ninguna conexión espontánea con nuestro centro erótico y sensual ante tamaña exhibición de estos hermosos ejemplares femeninos con poco y nada cubriéndoles sus “cosas”?
¿No es un atentado en contra de la psiquis emocional masculina que las mujeres de hoy se hayan liberado hasta el punto en que la superficie de piel expuesta supere largamente a la cantidad de la tela sintética que la cubre?
Las huachitas-carnúas actuales invierten mucha plata, tiempo y esmero en la exhibición casi impúdica de sus exquisiteces en desmedro de aquellos sensualizados machos vía internet en estado-de excitación-perenne que a duras penas controlan la bestia que llevan dentro. Existe una íntima proporción entre el cutis exhibido y  las generalmente huachacas concepciones poéticas de los aduladores.

Mucha de la vanidad femenina que hoy circula por las calles es  altamente provocativa, a pesar del mensaje que nos regalan algunas de estas mujeres  que salen a protestar con carteles  en los que proclaman vestirse (semi en pelotas) para sí mismas y no para ser vistas, o que sus escotes (con casi todo afuera del envase) no es una invitación o que sus faldas a la altura de los glúteos tampoco las usan para que los hombres se queden lelos.

¿Será que ellas cuentan con que los hombres somos inconmensurablemente estúpidos?

Seguramente, si alguna de estas adorables criaturas me viese vestido como Dimondo, pero con una ropa que dejara entrever parte de mis intimidades (tal como ellas dejan entrever las suyas) no creo que ella piense que me visto para mí mismo, que no me interesa que otros me vean y que no persigo llamar la atención.


Evidentemente, aquí no hablamos de hostigadores, acosadores violentos ni delincuentes sexuales. Esas denominaciones pertenecen a un tipo de personas que no están capacitadas para circular donde caminamos todos y que deben estar recluidos donde cumplan castigo o donde reciban algún tratamiento que sirva para controlar y contener sus desvaríos.



Pretender aplicar multas como gestos judiciales punitivos hacia las personas que piropean es igual a caer en la histeria de castigar a los padres que les gritan a sus hijos o que les ponen su “tatequieto” cuando hay merecimientos que los mismos padres consideran suficientes.
Entre la gente “normal”, nadie ama más a un niño que sus propios padres, como nadie ama más a los padres que sus propios hijos.

La ley ha fracasado con muchas cosas y fracasará nuevamente en este tipo de aventuras donde es el sentido común, la educación y la propia sociedad en su conjunto los llamados a nivelar la convivencia hacia las buenas costumbres. Nivelar hacia abajo en la convivencia es empezar a poner letreros que prohíban por ley escupir en el suelo, mear en las esquinas, pedorrearse en los ascensores, cagarse de la risa en los velorios o pegar los mocos debajo de las mesas.

Se podría entender que un pusilánime como José Antonio Kast o un populista del Alto Las Condes como Lavin o algún udi de esos que fueron monaguillos, abracen y gestionen estas causas potifruncis adheridas a un planeta mojigato y vendehumo donde la tontera, el alarde y la pretensión siempre están presentes para deformar cualquier atisbo de sentido común. Perseguir demonios imaginarios con una cruz ungida en salpicadas bendiciones de un representante terrenal de algún dios o del hijo de un dios y amigo de Magdalena, parece una práctica alucinada que conduce hacia donde campean los mitos y leyendas o los desvaríos y la histeria.

Los infractores a la ley, acosadores, sitiadores, hostigadores, tocadores y similares, deben ir a la cárcel y recibir su castigo. Los piroperos, deben cuidar los versos que salen de sus bocas para que algunos y algunas -que ven violadores  y monstruos en todas partes- no los confundan con delincuentes sexuales.

Lo que sí, es que la "profesión" de piropero distinguido es un arte muy difícil de ejecutar. En no más de unos pocos segundos, el galanteador debe considerar si es el momento apropiado, usar el tono justo y  aplicar gracia e ingenio; también, dentro de esos mismos segundos,  debe tomar en cuenta si la dama en cuestión va acompañada por alguien que pueda ser su padre, su tío, su hermano, un amigo o el bendito dueño de su corazoncito (y de todo lo demás...generosamente expuesto). 
Y después de ese análisis flash -e inmediatamente- de su boca deben salir los graciosos, divertidos y chispeantes versos que conecten la imagen divina de la piropeada con algo parecido a una flor, un ángel o al paraíso o a las estrellas. Nada de culos ni, tetas.
¿Es mucho pedir?



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