The Guilty One

The Guilty One

Las Antiguas y Modernas Oscuridades del Alma Humana


El Juicio Fatal del Gallo que Ponía Huevos
Si existe un apelativo agresivo, incriminatorio y temible en el contexto social-religioso para determinar la condición de una persona, “hereje”, es uno de los más horribles que se ha utilizado históricamente para justificar todo tipo de persecuciones, acusaciones, enjuiciamientos, atropellos y crímenes desde los tiempos de la Inquisición y hasta el día de hoy.
La Iglesia Católica (¡era que no!) estuvo durante la Inquisición directamente involucrada en la persecución, encarcelación, tortura y ¡quema! de personas por el hecho de negar la fe católica o de desaprobar el accionar de la iglesia o simplemente por tener la fe puesta en otra religión o leer o poseer libros que esta iIglesia consideraba contrarios a sus principios.
Algunos historiadores católicos, como E. Peters y H. Kamen, sostenían que los datos revelados sobre la Inquisición y la participación de la Iglesia Católica eran tendenciosos y que sólo buscaban desprestigiarla. Sus argumentos señalaban que existía una marcada exageración en los datos y los actos de torturas y quema de “brujas, brujos o herejes” (como se les llamaba a cualquiera que practicara rituales no aceptados por la iglesia católica) porque la cantidad de estas personas asesinadas no pasaba del 30% de lo señalado en las estadísticas históricas de la época.
Para graficar el “error” de tales números, el Simposio Internacional sobre la Inquisición (1988)  ocurrido en el Vaticano, concluyó que la participación de la iglesia católica y la Inquisición fue “muy menor” a la señalada. De hecho, aportó lo siguientes datos sobre las personas asesinadas y quemadas en hogueras, acusadas de “brujería”:
Alemania: 25.000, Polonia-Lituania: 10.000, Suiza: 4.000, Dinamarca-Noruega: 1.350, Reino Unido: 1.000, España: 49, Italia: 36
(¿Le suena a muy pocos?)

O sea, si los números aceptados por el Vaticano correspondieran apenas al 30% de lo señalado por las estadísticas no católicas, entonces estaríamos hablando de masacres de personas en cantidades escalofriantes. A pesar de todo el horror que nos pueda hacer sentir esta triste realidad de esta manifestación de la condición humana, la iglesia católica insiste en que lo señalado por quienes han estudiado este período de la Inquisición y la llamada “Leyenda Negra de la Iglesia Católica”, han sacado los hechos fuera del contexto histórico porque la caza de brujas y/o la persecución de herejes (¿incluida la tortura y la hoguera?) era “un acto aceptado por la mayoría de las sociedades” (¿?)

Así las cosas, en el año de 1474, y cuando la “cacería de brujas” estaba en todo su apogeo, en Basilea, Suiza, se llevó a juicio a un gallo cuyo pecado había sido el de poner un huevo.
La sociedad de la época bajo el yugo fiscalizador de la Inquisición, estaba horrorizada de la existencia de este gallo que ponía huevos. La conexión inmediata de este acto de anti-natura debía tener relación directa con “la brujería y sus siniestros rituales negros”. La gente aseguraba que las brujas utilizaban el huevo para elaborar ciertas pócimas perversas de las cuales saldrían criaturas monstruosas o que también serviría para invocar al demonio mismo en persona.

Durante el juicio en el que, evidentemente, nadie abogó por el pobre gallo, las acusaciones se sucedieron sin ningún contrapeso y al plumífero se le condenó a ser quemado vivo, porque el fuego era –según los delirios de la época- el único método para borrar para siempre la maldad que había usurpado el cuerpo de la criatura. Acto seguido, lo amarraron a una estaca sobre una pila de leños y le prendieron fuego hasta convertirlo en carbón.

Triste destino el del pobre gallo. Nada de esto hubiese ocurrido si el animal hubiese estado poniendo huevos en otra época, en este siglo, por ejemplo. Primero, porque no hubiese sido condenado por una monstruosa Inquisición ni tampoco por una triste sociedad sometida a sus delirios. Y, segundo, porque cualquier conocedor de gallináceos se hubiese dado cuenta que el gallo ponedor de huevos no era sino una ruda gallina marimacha de esas que gustan de hacer cosas de gallos y que también le sueltan su quiriquiquí al sol cuando se levanta. 




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