The Guilty One

The Guilty One

La Rebelión Ciudadana




Una de las acciones que marca la pauta de un pueblo que se hastía de soportar la incompetencia de la justicia en su país y de los demás poderes del Estado que se supone que están para establecer el orden y proteger a la gente que trabaja y paga sus impuestos,  es la de tomarse la ley en sus propias manos.
Este acto de rebeldía es una señal evidente que la gente se cansó de la impunidad de la que hace gala una clase de delincuentes avezados que se conocen todas las tretas y que saben sacarle provecho al surrealismo con que los tribunales de justicia aplican los castigos y desfiguran la ley a favor de los que hacen las trampas, roban, destruyen la propiedad pública y utilizan bandas de adolescentes para que el sistema, maniatado por la propia maraña de sus códigos, leyes y normas, se vea imposibilitado de querellarse en su contra, y los “jóvenes” (como llama la prensa a estos hdp delincuentes) puedan salir libres al día siguiente para volver a lo mismo a las primeras de cambio.

En Perú, Bolivia y Honduras (entre otros países de la región), han ocurrido varios linchamientos a ladrones que han terminado en tragedias brutales. Es un acto de atrocidad que acaba saliéndose de “madres” porque la rabia de la gente se multiplica geométricamente. Así, en plena avenida Providencia, un asaltante le arrebató del cuello una cadena a una mujer y ante sus gritos de auxilio unos transeúntes salieron en persecución del ladrón y una cuadra después ya eran más de 15  personas las que formaban parte del grupo persecutor.
Cuando le dieron alcance, los “justicieros” se turnaban para dale de puñetazos y puntapiés en una manifestación de ira que tuvo que ser controlada por unos funcionarios de seguridad ciudadana quienes se las vieron gordas para contenerlos.
“Por favor, no sigan golpeándolo porque sólo van a conseguir perjudicar a la señorita”, indicó uno de los funcionarios en alusión a las condicionantes que se podrían presentar a la hora de hacer la denuncia en contra del delincuente debido a la paliza recibida.
Según señalan, muchos jueces les otorgan la libertad porque el castigo recibido equipara el daño cometido (¿?)

Este fenómeno de la “justicia ciudadana” se ha ido convirtiendo en una acción cada vez más común. Se percibe en la ciudadanía la desconfianza en los tribunales de justicia y por las condicionantes que tiene  Carabineros de Chile para proceder en contra de la delincuencia, aún a pesar de las nuevas disposiciones que permiten el control de identidad, pero que no son aplicables a los menores de 18 años. Algo, que resulta absolutamente incongruente, por decir lo menos, ya que expertos asaltantes que portan automáticas del 38 y disparan sin un pestañeo, tienen  mucho menos edad que eso.

El gobierno saliente de la presidenta Bachelet, ha sido groseramente incapaz de imponer la seguridad ciudadana y la justicia por sobre la delincuencia. Algunos de los candidatos a la presidencia pregonaban “mano dura” en contra del crimen en todas sus manifestaciones. La gente no cree nada de esas cosas. Son sólo frases de campaña que se repiten cada vez que se acerca una elección. La calle, en Santiago, se ha vuelto un espacio cada vez más incómodo para recorrer sin pensar en cosas feas o buscar señales de peligro. La gente quita la vista cuando alguien mira a los ojos. Y no hablo de una película de terror, sino sólo del comportamiento de la gente que se ha ido metamorfoseando en una actitud a la defensiva. Ya casi nadie es espontáneo en la calle, ni en las tiendas ni en la panadería, sin primero hacer un intuitivo análisis, un cálculo, una revisión  ocular del personaje que nos habla antes de contestar o decidir cualquier cosa. Ya parecemos árbitros de futbol: juzgamos y sacamos conclusiones en un segundo…
¿Será para tanto? ¿Exagero?
Puede ser. Pero, cuando veo que la gente tiende a tomarse la justicia en sus propias manos, es momento de valorizar la existencia que llevamos y que nuestra vida en Algarrobo es una bendición, un privilegio.
Me es grato caminar por la calle hacia el boliche de la doña donde compro el pan. Allí, por lo general, todos, dueños y clientes, saludan y conversan. De hecho, me puede tomar unos 15 minutos de cháchara salir con mi bolsa de pan.
¿No es eso genial?


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