The Guilty One

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Fábulas Climáticas de la Internet y Otros Delirios


     

      
      Qué duda cabe que la Internet es un arma tecnológica con posibilidades extraordinarias para conseguir aprendizaje y conocimiento. Obviamente, como toda herramienta al alcance de cualquiera, existe en contrapartida el peligro de ser usada para hacer el mal e inclusive para deteriorar el comportamiento social de la gente, incitando al caos, al odio, a las malas prácticas, al engaño y la falsedad.

      Sabemos que todas las respuestas del mundo están a un clik de distancia, tanto las correctas como las falsas y equivocadas. La Internet es igual a la pistola cargada que se puede usar para defender la vida como para destruirla. Lamentablemente, los seres más oscuros, las mentes perturbadas que disfrutan del engaño o que desprecian a los demás o que culpan al  mundo de los males y las limitaciones que los aquejan, encuentran en el ciberespacio (y desde la intimidad de un ordenador) el sitio perfecto para descargar sus rabias, desvaríos y venenos.

      Allí, la lucha entre el bien y el mal encuentra un nuevo escenario para sus batallas. Pero, éste es un escenario extraordinariamente complejo donde la capacidad virulenta de las armas de ataque y defensa mutan de un día para otro. Mientras el mal hace surgir los monstruos entre virus, troyanos y gusanos desde todos los rincones del ciberespacio, los buenos dedican sus mejores esfuerzos en contrarrestarlos y eliminarlos.

      Lastimosamente (como dicen en algunas partes de Centroamérica), ya sabemos que el ser humano, especialmente al tope de la escala de las ambiciones, la riqueza o el poder, es un bicho raro, una “cosa” compleja tan determinada como inestable, un ser de la era tecnológica que, emocionalmente, aún no ha sido capaz de superar el sesgo animal que lo habita, esa parte del instinto de macho alfa que lo hace apuntar al dominio por encima de los demás y a costa de lo que sea. Su incapacidad de conformarse con lo que es y lo que tiene, sumado a sus ansias de lo ajeno en la conquista de nuevos territorios (sean éstos de extranjeros, vecinos, amigos o parientes) le ha llevado a echar a perder la armonía de las cosas, especialmente de su ambiente, lo que sumado  al abanico de sus ambiciones, ha terminado por transformar todo en una carrera mortal hacia la autodestrucción.

      Se entiende que este es un tema cargante, pero estas advertencias deben de repetirse día tras día. De otra forma, cada uno de nosotros se ve cotidianamente enfrentado a las debilidades que le calzan, y casi sin darnos cuenta, muchos caemos y volvemos a caer en los mismos errores (o en la indiferencia, como resultado de la ignorancia, y viceversa) que han contribuido a ponernos a todos en esta encrucijada. ¿Sirve de algo andar de loro hinchapelotas repitiendo estas frases como amenazas del futuro? Es que la Internet está llena de agoreros que predicen las catástrofes del fin del mundo. Una gran mayoría de ellos se ha encargado de hacer que la gente ya no crea en las consecuencias del caos, del cambio climático, ni tampoco en los cacareos de los ambientalistas. De hecho, hasta se ríen de ciertos anuncios de una nueva era glacial por venir y también de la corriente del Niño, de la Niña o de las predicciones de los “expertos” climáticos de la tele que anuncian lluvias torrenciales para una semana después (y que casi siempre son un vaticinio equivocado).

De hecho, días atrás, tenía que poner una extensión de la techumbre para transformarla en una especie de cobertizo. El “maestro” carpintero, me dijo que vendría a la mañana siguiente a hacer los hoyos y dejar puestos los postes con cemento que sustentarían el techo. Le informé que en la tele habían anunciado lluvias muy fuertes para los próximos 3 días. Se rió. Cuando le puse cara de interrogación, se volvió a reír y me dijo que “esos del tiempo en la tele son gallos que cantan cuando faltan como 3 horas para que salga el sol o 3 horas después que salió. No les haga caso, jefe” -remató.

Efectivamente, no llovió al otro día, pero el “maestro” tampoco apareció. Dejó los palos, las planchas de madera prensada y todo lo demás, afirmados contra un muro. Lo llamé y me contó una película en donde él era la víctima de todo. Le dije que el anuncio de lluvia de los expertos seguía “firmemente” en pie. Se rió. Le insistí que sería mejor que viniera a guardar los materiales porque las planchas de madera prensada se arruinarían con el agua. “Y déjese de reír tanto y venga a hacer la pega”, le dije y me juró de guata que vendría en la mañana temprano.

Tampoco llovió al día siguiente como menos aún asomó el susodicho. El hombre, con una voz apenas audible en el teléfono (que bien merecía un oscar por su fenomenal interpretación de un cadáver viviente con amigdalitis), igualmente soltó la talla:
“No vaya a salir sin impermeable, jefe”, dijo, y me recordó a la voz de Marlon Brando en “El Padrino” en su lecho del hospital después que lo cosieron a balazos.

¿Me van a creer?... De nuevo salió el sol esplendorosamente al día siguiente y el maestro care’raja no apareció por ninguna parte.

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