The Guilty One

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Fábulas Cristianas: Cuando la Santidad Protege a sus Demonios

por Alien Carraz


La fe, es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”, explica Pablo (Hebreos 11:1). Un concepto que pone de manifiesto que la emoción intrínseca que impulsa la fe es la creencia en cualquier cosa, persona o deidad que se haya implantado en el consciente colectivo de la gente por la razón o la fuerza o por amor o por miedo. O también, por todo junto.



Los dioses conocidos que pueblan la Tierra, hoy, son alrededor de 4.200
CUATRO MIL DOSCIENTOS dioses y su equivalente en CUATRO MIL DOSCIENTAS RELIGIONES.

O sea, en términos futbolísticos, la religión católica, con Jesús, la Virgen María, el Papa, la Biblia, el Vaticano y unos 2.350 millones de creyentes incluidos, viene a ser como el Real Madrid de las religiones.

El Islam, con Alá, Mahoma, el Corán, la Meca y unos 1.350 millones de fieles, sería como el Barcelona (con Messi incluido).

El Hinduismo, levemente más atrás, y con un número cercano a los 1.050 millones de fieles, se presenta como una de las  religiones más antiguas del mundo (1.400 a 1.500 años antes de la creación del cristianismo). Su complejidad es abrumante y es casi imposible seguirle la pista, a menos que usted sea un culto creyente nepalés o indio y tenga la capacidad para no perder la fe en una religión que ha llegado a tener hasta 330 millones de dioses. Aunque, Brahma, está primero en la lista de todos ellos.



                                                      Brahma

Imposible sería describir el resto de las 4.200 religiones que se reparten por todos los rincones del planeta y otras muchas que han surgido últimamente, como, por ejemplo:
Nuwaubianismo (un derivado del islamismo de raza negra y su creencia de que son descendientes de extraterrestres, los annunaki )
Iglesia de la Eutanasia, cuya máxima y único mandamiento es “No procrearás”
Iglesia de los Subgenios, una orden de fieles herejes y blasfemos con dedicación exclusiva a la libertad absoluta (¿?)
Secta de Osho, fundada en USA por un gurú llamado Bhagwan Shree Rajnees (quien, con la astucia imprescindible que se requiere para triunfar en el mercado de la fe, se cambió tamaño nombre por el de Osho). Este nuevo empresario religioso alcanzó gran popularidad entre los gringos ricos de Oregon, promoviendo un culto en el cual la pobreza material es la gran vía de la elevación espiritual. Como buen político de última generación, tenía muy claro que en este negocio no es requisito ser tan, pero tan consecuente. Por lo tanto, y gracias a este estupendo convencimiento, más el gentil auspicio de sus fieles, amasó para sí mismo una enorme fortuna, hasta el punto de hacerse fotografiar rodeado de riquezas  y conduciendo alguno de sus 94 Rolls Royce.
Su máxima patudez ha sido insistir, a quien quisiera escucharle, que su ostentación no era para beneficio propio sino para demostrar la fatuidad del materialismo de la sociedad estadounidense… (¡Já!)

Como persona sensible, pensante, medio cínica, medio generosa, medio egoísta y sospechosamente buena gente, me declaro escandalosamente sorprendido de la vulnerabilidad humana de tanta gente con respecto de sus dudas y temores existenciales.  A pesar de mis debilidades y miedos, especialmente sobre aquello por venir después de la muerte, me declaro incompetente para inscribirme en ninguna de las 4.200 religiones, y mucho menos a rendirle pleitesía a un señor llamado Francisco.


Francisco, argentino de nacimiento y Papa, jefe máximo de la Iglesia Católica, quien, muy lejos de la supuesta santidad de su investidura, amparada por la institución que lo cobija (más una gran mayoría de los 2.350 millones de fieles que lo reverencian),  viene a Chile como el representante terrenal de un dios divino, pero,  a la vez,  se niega a dar un  espacio de consuelo y mea culpa –presencialmente- a muchos de aquellos fieles de su iglesia que fueron abusados sexualmente de forma oportunista, vil y despiadada por algunos miembros de casi todas las jerarquías de esa misma iglesia y que –valga la redundancia- él preside y pastorea como Sumo Pontífice y Vicario de Cristo en la Tierra.

"Es necesario que las (simples) palabras de perdón, vergüenza y dolor que ha expresado el Papa durante su visita a Chile se transformen en acciones concretas, para erradicar de las filas de la Iglesia a todos quienes se han aprovechado de la asimetría de poder que les da su ministerio y han abusado sexualmente de niños, niñas, jóvenes y personas vulnerables. Y también a todos quienes han encubierto activa y pasivamente estos abusos".
(Declaración efectuada por la agrupación de las víctimas de abusos del sacerdote Fernando Karadima).

¿Qué principios de lealtad con sus fieles, de amor al prójimo o de “amor cristiano” puede haber en este representante máximo de esta iglesia, quien antepone intereses institucionales y calculados gestos proteccionistas, por sobre la obligación moral, católica (en su presunción divina) y en justicia con aquellos niños y jóvenes que perversamente  han sufrido el abuso, la humillación y el agravio por parte de quienes son miembros de esa iglesia y que están allí, juramentados  ante su dios, para protegerlos, orientarlos y entregarles amor y sabiduría?

Resulta del todo impresentable que una religión que presume caridad, divinidad y misericordia, no sea capaz  de abrir su corazón a sus feligreses. Es como una madre que no sabe amar a sus hijos o que es incapaz de conectar su corazón con el niño que carga en su vientre.

Francisco, calla calculadamente y les da la espalda a las víctimas de estas perversas agresiones. Con ello, entrega señales inequívocas de que existe descaro, cinismo, arrogancia y soberbia en la iglesia católica, porque refleja la incapacidad de sentir vergüenza por su ineptitud,  abulia e indiferencia a la hora de intentar romper la inercia de los abusos sexuales que recurrentemente están ocurriendo entre sus miembros y en contra de niños.


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