The Guilty One

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Algarrobo, Turisteando con Hoyos

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      Las roturas del pavimento y los hoyos en las calles principales de Algarrobo, son, exactamente, los mismos que hemos sufrido y seguimos sufriendo desde hace bastante más de 10 años cuando veníamos de vacaciones a este lugar encantador que tenía históricamente la reputación de ser un destino turístico de tradición, con cierto abolengo, conservador y distinguido. ¡Cómo se nota que los señores Alcaldes de turno no se han hecho nunca parte -por flojera o desconocimiento de causa- del sentido propio de Algarrobo ni del tono turístico de esta ciudad, como tampoco se han hecho cargo del rol que les cabe a quienes llegan a ese puesto para cumplir con los fines del desarrollo, la práctica racional y efectiva de las soluciones, o simplemente a potenciar las virtudes y velar por los intereses generales de la comunidad y de sus contribuyentes, todos los algarrobinos y residentes.

      La indiferencia de aporrear los vehículos de locales y turistas que circulan por sus calles haciéndoles caer en los mismos hoyos por más de una década, amén de la fealdad que se ofrece a la vista en las principales arterias de Algarrobo, nos da la idea que las autoridades a cargo de los intereses que pertenecen a toda la comunidad no entienden nada del desarrollo técnico y sustentable del turismo y mucho menos de la importancia de la vialidad y el urbanismo de la ciudad en todo el conjunto que conforma esta industria que, en España, por ejemplo, genera 65.000 millones de dólares cada año.

      Es una pena que nuestras instituciones estén sometidas a la mediocridad de criterios y a la incapacidad de leer los fundamentos que sostienen ese incuestionable potencial de Algarrobo para desarrollar un nivel de esta industria acorde a su estatus y envergadura.

      La burocracia, una actividad intrínsecamente necesaria -como la política- tiende en Chile a estandarizarse de esa manera cargante que tienen las colas, las listas de espera, el papeleo interminable o esa cosa agobiante de tener que pagar por el trámite del trámite. Mientras más nos adentramos en la computación y la digitalización de los procesos, más papeles parecen surgir por todas partes, más tramitaciones, más vallas que sobrepasar y hasta pequeños reyezuelos sólidamente asentados en sus tronos que sortear, y de paso, conseguir que nos den su venia para sacar adelante nuestra vida diaria en el papeleo, mientras observamos con impotencia como se pasan por el aro -subrepticiamente- los derechos constitucionales, viales y urbanísticos de los algarrobinos con calculadas omisiones en sus obligaciones, las que atentan en contra del bien común, la convivencia y la circulación de las personas para lo más básico, como es -por ejemplo- el uso de sus propias calles y el derecho a salir o entrar a sus hogares.

      Los encargados de autorizar obras de envergadura,no tienen la capacidad para visualizar el proyecto en toda su magnitud, ni mucho menos prever sus consecuencias -incluidas las evidentes- que hay detrás de las faenas. No comprometen a los empresarios ni a los que construyen ni tampoco a sí mismos, a la hora de planificar el devenir de las obras y sus efectos para que no se vean interferidos los derechos ciudadanos de los vecinos alrededor de dichos proyectos. No aplican esa mentalidad progresista que pregonan en sus discursos porque están sometidos al poder de su transitoria investidura y condenados a cierta futilidad debido a los intereses que rebotan y se multiplican detrás de los grandes proyectos inmobiliarios.

      Vivimos instancias de gran decepción ciudadana porque nos ha caído encima -con la apariencia de un “así como de pronto”, y a pesar de tratarse de un asunto de lento cocimiento- una oleada del olor nauseabundo que proviene de la corrupción manifiesta y extendida en los poderes del Estado y en concomitancia con algunos muchos políticos y grandes empresarios. Vivimos momentos de enormes sospechas. Nos hemos vuelto desconfiados al extremo que el cinismo es una forma común de comunicación y aceptada tal como se consiente abiertamente la verborrea que sale de los anuncios publicitarios que nos dice manifiestas mentiras sobre productos fabulosos que lo curan todo (o que quitan la caspa, o que sacan las manchas, o que destapan el inodoro) y que a la postre no sirven para nada, y que, sin embargo, a nadie parece importarle porque ya está asentado, como parte de la “democracia” y del "Juego de Tronos" del consumismo a través del artificio, que, las cosas, tranquilamente, no sean lo que prometen su propaganda ni lo que está descrito en sus etiquetas.

      Le pedí al dueño de una ferretería en Algarrobo norte que me permitiera elegir un par de tablas, explicándole que las quería sanas y derechas porque las necesitaba para hacerme un mueble. ¡Me dijo que no! Y, además, me agregó que si quería tablas de “otra calidad” tenía que comprarlas en un X lugar. Me sorprendió enterarme que yo, que soy el dueño de mi plata, no puedo elegir -según la respuesta de este señor- las tablas que quiero comprar. O sea que, lo que él vende -más caro que en otras partes- uno lo tiene que pagar tal como salga y como venga. Un arribismo fenomenal que parte de la permisividad de nosotros los compradores que nos hemos ido sometiendo a perder nuestra condición de “clientes” y nos hemos dejado arrear y arrastrar hasta transformarnos en “consumidores”, una categoría de ciudadanos siempre bien dispuestos y acondicionados para las largas colas en bancos, oficinas del Estado y supermercados en donde existan 5 ventanas o cajas disponibles para la atención al público y apenas un par de cajeros o “servidores públicos” para atendernos. Aquella cacareada afirmación de que “el cliente tiene siempre la razón” es una de esas peroratas tan pasadas de moda como la realidad de un chico de 15 años -uno de esos estudiantes en vías de la gratuidad- cediéndole el asiento a una cansada señora de 60 en una repleta maravilla motorizada del Transantiago.


      Para tapar los hoyos de las calles de Algarrobo, se necesita de una eficiente gestión técnica mucho más que de un hacer burocrático con buenos discursos y apariciones en público en donde se cortan cintas para inaugurar otras cosas "para la foto", que se parecen a la pretensión de una linda sonrisa después de lavarse los dientes con una pasta que proclama darles blancura inmaculada, en vez de curar y taparse las caries de una ¡bendita vez!



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