The Guilty One

The Guilty One

Mi Prima Ximena

por Alien Carraz



     Ximena, tenía 11 años cuando la vi por primera vez. Y no podría decir que algo de ella me llamó la atención. Sólo sus anteojos. Eran igual de toscos que feos. Ella, me miró apenas y luego me dio la espalda. Yo, tenía 13 años y era un imberbe tonto, rebelde, promiscuo y siempre ansioso, pero a la vez tímido y solitario. No era de andar en grupos ni de tener pandilla de amigos. En mi cabeza bullían los deseos locos de quien tenía la mente inserta en un mundo desordenado, ávido y con una marcada tendencia a lo sensual. Lo primero que quise ver de mi prima fue comprobar si tenía bonitas nalgas. No había nada que me gustara más que los traseros de las chicas. Y eso era algo que, junto con excitarme, me perturbaba enormemente. Estaba seguro que yo era medio degenerado. Pero, y a pesar de creerlo, no podía evitar el masturbarme mirando los traseros apenas insinuados en las revistas de moda de mi madre.

     Eran tiempos en que no se veían culos por todas partes como hoy, y las revistas de mujeres desnudas sólo eran cosa de ciertos adultos. Por más que revisé los cajones de mi padre nunca encontré nada parecido a un Playboy, por ejemplo.
Pero, Ximena, no mostraba nada de nada. Era, o demasiado flaca o los pantalones le quedaban anchos. La cosa es que ese primer encuentro no pasó de ser un momento algo raro y aburrido, aunque por alguna razón extraña, yo me quedé horas y hasta días pensando en ella. Me la imaginaba sensual y ardiente. Pero ¡qué ridículo!, pensé muchas veces. ¿Cuál sensualidad? Parece una bicicleta con zapatos, me dije algo enrabiado por no poder entender la porfía de mi mente en recordarme a Ximena con tanta insistencia. ¿Qué diablos le veo a esa flaca esquelética y con anteojos de cegatona?

     La segunda vez que la vi, ella tenía 14 años y yo, 16. Esa vez, me saludó apenas con una semi sonrisa y pude notar que no era nada de fea, pero tampoco nada de especial. Había cambiado sus anteojos por otros que tenían un mejor marco, aunque los lentes eran igual de gruesos y con tal aumento, que sus ojos claros, entre verdes y azules, se veían enormes y algo asustadizos. No parecía tan flaca como la imaginé muchas veces en el baño, algo que echaba a perder mi conexión ardiente con la imagen que había inventado de su trasero mientras me masturbaba pensando en ella.
Cuando, furtivamente, pude verle de espaldas, me quedé de una pieza. ¡Tenía un trasero delicioso! Tanto así que, de un solo golpe, se me encaramaron los calores por la entrepierna e inmediatamente tuve una erección en roca viva. En un segundo, mis ojos recorrieron mil veces todas las formas exquisitas de esa parte más hermosa de su cuerpo. Lo peor fue que Ximena se dio vuelta repentinamente y me miró con cara de sorpresa. Sus ojos parecían acusarme…
¡Mierda!, pensé. ¡Me pillaron! Quité la mirada como puede y mascullé algo parecido a ¡Voy y vengo! y salí presuroso de la sala en busca del baño. Sentado en el inodoro me di cuenta que me moría de ganas de tener esas nalgas. Me arrebató el deseo de acariciarlas, de comérmelas a besos y meterle mi lengua y recorrer cada rincón tal como lo hacía con las imágenes en las revistas. Los latidos de mi corazón desbocado me sacaron del estado febril de mis pensamientos, y apenas pude contener mis ganas de masturbarme. Asustado, imaginé a Ximena tratando de escuchar al otro lado de la puerta. Cuando llegué de vuelta a la sala, ella ya no estaba. Me fui sin decir adiós...

     Pasaron unos meses, y mi vida de adolescente ganoso y descocado siguió el curso normal de hacer más estupideces que otra cosa y también de masturbarme muchas veces con la visión vívida, casi una realidad material, del trasero de Ximena. Me obsesionaba la idea loca sentir el olor de su entrepierna. Lo presentía dulce y perfumado, con ese aroma delicioso que tiene el sexo de algunas mujeres.
La siguiente ocasión que tuve de verla, 6 meses después, fue cuando mamá me invitó a acompañarla a visitar a mi tía Ester, la madre de Ximena. Me sentí excitado toda la tarde pensando en el día siguiente y en mi encuentro con ella. Me encerré en mi cuarto, e imaginando que eran sus nalgas, me froté contra la almohada hasta explotar en gemidos y sentir el calor del semen mojándome la piel y los calzoncillos.

     Grande fue mi decepción al besar la mejilla de mi tía Ester y recibir la noticia que Ximena estaba estudiando en casa de una amiga. Mientras mi madre y su hermana parloteaban de todo y compartían un café en el comedor de diario en la cocina, fui al baño de visitas y me topé con un letrero en la puerta que decía “malo”. Subí al segundo piso, y justo cuando levanto la tapa del excusado y me bajo el cierre del pantalón, veo el cesto abierto de la ropa sucia y un diminuto calzón rosa con un coqueto lazo de color rojo al frente. Inmediatamente, supe que era de ella. Me invadió un calor ardiente, una oleada de placer y una erección instantánea. El perfume que emanaba de ese calzón, cuando lo apegué a mi nariz, penetró mis fosas nasales y se transformó en un goce delicioso, un shock erótico, una oleada de adrenalina que me llevó a una eyaculación como nunca la había tenido en toda mi vida de “masturbante” sin sexo de verdad, sin haberme acostado nunca con una mujer de carne y hueso.

     Instantes después, al regresar a la realidad del ¡baño en casa de Ximena! y de limpiar a toda prisa el semen en mis pantalones, en la pared, en el cesto de la ropa y en el piso, me lavé con agua fría para quitarme la excitación y el rubor de la cara, y guardé mi tesoro rosa en el bolsillo interior de la chaqueta. Mi cabeza bullía con locas ideas y sentía oleadas de nuevos deseos apoderándose de mi cuerpo. Hice un esfuerzo por calmarme y les pedí a mis ángeles favoritos que ¡por favor! nadie notara que me había ¡robado un calzón!
Abajo, las señoras hablaban y hablaban y apenas me miraron cuando aparecí nuevamente en la cocina. De pronto, sonó el teléfono y mi tía nos anunció que Ximena estaba en camino. Me vino un ataque de pánico. Mi madre, me miró con cara de interrogación cuando le pedí que nos fuéramos pronto, y me señaló, apuntando con el dedo, que fuera a ver la tele en la sala de junto.
Cuando Ximena se puso en frente de mí y me miró, casi me desmayo imaginando que sus ojos me estaban delatando por el robo del calzón. No traía puesto los lentes. Me puse de pie y le di un rápido beso en la mejilla. El olor de su cuello me invadió como un perfume exquisito. Al abrir los ojos, ella ya no estaba. Escuché la voz de mi madre: ¡Ximenita…pero qué linda estás! ¿Y qué pasó con tus anteojos?…Ahora uso lentes de contacto, tía. ¡Ah, qué bien! Te ves hermosa sin esos lentes, y además, se lucen tus ojos verdes…¿O son azules?…Un poco de los dos, tía…Bueno, permiso, voy al tocador…
Me temblaron las piernas.

     Los días siguientes, fueron tardes y noches deliciosas de masturbaciones múltiples, junto con los horrores de imaginar a mi tía llamando a mi madre para informarle que su hijo, ¡el degenerado!, se había apoderado de un calzón rosa de su Ximenita. Finalmente, y ante mi frustración, la prenda íntima de mi chica deseada fue perdiendo ese olor exquisito y ya no era capaz de encender aquella pasión maravillosa que me hacía gozar como si Ximena estuviera desnuda a mi lado y sus nalgas fueran todas para mi, para mi boca y para mi lengua.
Fue, entonces, cuando me di cuenta que la única solución verdadera para no perder la magia de esa pasión encantadora y ardiente, era ¡robarme otro calzón de Ximena!
Mi querida madre, me clavó esa mirada que ella usaba siempre para desnudar mis mentiras.
¿Y cuál es tu afán de querer saber cuándo voy a ir a la casa de tu tía Ester?
Ay, mamá, ya sabes que me encanta mi tía -le contesté haciéndome pasar por el más espontáneo y natural del mundo.
¿No será que te encanta tu prima Ximenita…eh?

     Decidí que el maldito sexto sentido de mi madre podría resultar un asunto peligroso para mi misión de conseguir otro delicioso calzón de mi chica. Tendría que ingeniar una estrategia diferente. Y después de un par de días de analizar mis posibilidades y sufrir de forzadas masturbaciones con un calzón que ya olía más a mis propias manos que a la adorada entrepierna de mi Ximenita, descubrí con una renovada excitación que, el inglés, podría ser la excusa perfecta. Todos en la familia sabían que mi prima era una as para el inglés.

     Me sorprendió su voz en el teléfono. Sonaba levemente ronca, cálida y sensual. Yo, parecía un potro desbocado. Disimulando a duras penas mi excitación y una erección de esas que hasta hacen doler, le expliqué de mi necesidad de estudiar para una prueba de inglés ¡súuuuper importante! Lo que más me gustó fue que tartamudeó levemente para decirme que si yo quería, ella me podía ayudar con el estudio. ¡Me petrifiqué! ¡Me congelé! En una milésima de segundo, me imaginé a su lado, casi tocándonos, con el aroma de su cuello perforándome las fosas nasales y yo con una erección de burro (proporcionalmente hablando)…¡Noooo! ¡Me va a descubrir en segundos! ¡Ni loco voy!
Fui bastante ingenioso para librar el momento y conseguir que mi prima adorada no se sacara de onda ante mis evasivas para estudiar juntos. Finalmente, y sintiendo que mi tonto corazón saltaba y retumbaba de felicidad y miedo, conseguí que la dueña de mi pasión me dejara un libro de inglés sobre su mesa de estudios para que yo lo recogiera en cualquier momento.

    Mi nuevo trofeo, exquisito y oloroso, era de color azul celeste y tenía un lazo verde limón. ¡Divino!
Regresaron la eyaculaciones como erupciones de volcanes que arrojan “ríos de lava” y manchan las sábanas y almohadas. Fueron otros 4 o 5 días de pasión desenfrenada. Pero, sucedió que mis deseos a través del calzón de Ximenita, se fueron transformando en ansias cada vez más urgentes por la dueña misma de la prenda íntima. Constantemente, la imaginaba anhelante y desnuda, con sus ojos claros como dos brasas ardientes. Deseaba sentir su presencia, acurrucarme en el calor de su cuerpo y hablarle acerca de toda la pasión y todo el amor que por ella me consumía cada vez más.

     Empecé a creer que lo mío era una enfermedad, una locura sin remedio. Tanto así, que tomé la decisión de compartir mis ansiosas inquietudes y contarle todo (o casi todo) a mi ausente mejor amigo, mi hermano Juan Carlos, 5 años mayor, y un tipo entre loco, alegre y extrovertido que adoraba a la mujeres y éstas lo adoraban a él. Lo mejor es que Juanca llegaba a casa a los dos días siguientes del momento en que decidí que necesitaba la ayuda de alguien que tuviera experiencia en estos asuntos. Claro que, ni loco mencionaría el tema de los calzones.

     Lo primero que hizo Juan Carlos, fue cagarse de la risa. ¿La Ximena? ¡Pero, si es una flaca cegatona con menos carne que un rollo de alambre! ¡Si serás tonto! Fue lo más amable que me dijo. Después, me dio un largo sermón de erudito sexual, que remató con una seria advertencia: ¡Lo mejor que debes hacer es dejar la estupidez y olvidarte de esa mina. !Es tu prima! ¿Quieres tener hijos deformes o tontos? Parte de la base que mi tía Ester te colgaría de las bolas si te metes con la Ximena, y ni te digo si es que le dejas alguna cagada.
Me arrepentí de haberle contado mis cuitas al sabelotodo de Juanca porque casi no logré decir una sola palabra. Me molestó que se riera de mí cuando le hablé de las fabulosas nalgas de Ximenita. ¿Cuales nalgas?, me dijo en un tono burlón. ¡Eres un pendejo, No sabes nada de nalgas! Ya vas a ver uno de estos días lo que es un culo de verdad.

     Los días que siguieron, fueron, casi, de total abstinencia sexual. No sé si fue el discurso idiota de Juanca, pero cuando me aprestaba a la masturbación del día, en vez de ver las nalgas deliciosas de Ximenita, veía la cara de mi tía Ester y a su mano blandiendo un cuchillo carnicero. No lograba tener una erección decente y ni siquiera el perfume del calzón se hacía cargo de transportar mi imaginación a otra cosa que no fuera la emputecida cara de mi tía.

     Una tarde de Viernes, a dos días de la partida a sus estudios de arquitectura al norte del país, apareció mi hermano con una sonrisa demasiado amplia y unos ojos demasiado chispeantes para que el asunto que se traía entre manos fuera cualquier cosa. Ante la inquietud de mi mirada, Juanca soltó una risita algo más que pícara. ¡Tranquilo el potro! ¡Mira que te tengo una invitación que te va a gustar! Y después soltó una carcajada junto con darme un palmotazo en la espalda y uno de sus trituradores abrazos de oso.

     ¡Juanca, no le des trago al niño!, recuerdo que gritó una voluptuosa rubia en la turbia y excitante penumbra donde se entrecruzaban rayos de luces de todos colores. Yo, me sentía entre abrumado y eufórico en medio del ruidoso y estimulante ambiente del local, y con las chicas que debían ser las mujeres más hermosas que había visto en mi vida. Ellas, a su vez, parecían estar encantadas conmigo y me cuchicheaban cosas al oído que no entendía, pero que con el aliento que emanaba de sus rojas y sensuales bocas, me hacían cosquillas deliciosas. ¡Ni qué decir de sus senos pegados a mi pecho, ni de sus esplendorosas nalgas de unas proporciones que jamás habría imaginado que existían. Por momentos, olvidé completamente que era apenas un chico estúpido y calentón. Observando el ondular de los cuerpos a centímetros de mis ojos, evoqué las nalgas de Ximena y me dio risa.

     Tendré que inventar parte de lo que recuerdo desde el momento en que la rubia, entre risitas y mohines coquetos, me tomó de la mano, y luego me llevó a un cuarto lleno de brillos extraños, figuras doradas y espejos por todas partes. En un santiamén, ella me había quitado toda la ropa, y yo, entre “enamorado”, cohibido y excitado, la dejé hacer mientras una aguda serial de escalofríos me recorría entero. Luego, y antes que yo alcanzara a reaccionar, o a siquiera moverme, acercó su boca a mi oído y me preguntó qué parte del cuerpo suyo me gustaba más. Lo pude balbucear a duras penas…
¿Mi trasero?, exclamó en voz alta, y se soltó con una carcajada chistosa y juguetona. Acto seguido, se quitó el vestido, los calzones, se recostó boca abajo sobre la cama y girando su cabeza me miró con unos ojos chispeantes… ¿Y tú qué esperas, vaquero…acaso no quieres cabalgar?
Seguro que, fue mi cara de bobo y el chico de mi entrepierna apuntando al techo, lo que la hizo reírse como loca…




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