The Guilty One

The Guilty One

Marcela de Panamá

por Alien Carraz



      Conocí a Marcela en ciudad de Panamá. Mi espíritu gitano, con 22 años encima, me había llevado hasta allá sin siquiera proponérmelo. De hecho, y a pesar de tener ya algo más de un año viviendo ahí, no había podido conectarme con el ajetreo de la urbe y muchas veces me sentía un poco fuera de lugar recorriendo sus calles sin tener un rumbo ni un propósito determinado. Aquel día, mientras pensaba en agarrar un bus hacia Costa Rica y observaba distraídamente el ir y venir de la gente sentado en un banco de la avenida Balboa, mis ojos se toparon con el espectáculo de una chica luchando con un bolso. Por la forma de intentar llevarlo se me ocurrió que la pobre había calculado muy mal su peso. A duras penas podía con él, y tras unos gestos rabiosos mirando al cielo, la chica optó por sentarse en él, indiferente a las miradas curiosas de la gente que pasaba a su lado. Me sorprendí cuando un par de ojos negros, encolerizados y enormes, se clavaron en los míos. Me sentí como parte de una de esas películas donde una chica hermosa parece poner su mirada en los ávidos ojos del hombre, pero en realidad ella está mirando a alguien que viene acercándose detrás de él. Con esa imaginación centelleando en mi mente, ni siquiera quise hacer el intento de mirar detrás mío.
Prefiero hacer el loco que un gesto tan humillante –pensé
¡Hey, tú...! - gritó ella mirando hacia mí y como si hablara conmigo
Mis ojos, en dirección a los suyos, hicieron lo mismo que hace mi cámara de fotos cuando le giro el lente: desenfocarse.
Súbitamente, desperté de mis fantasías y presentí de un golpe que, ella, la loca sentada en su bolso, estaba, efectivamente, ¡hablándome a mí!
¿Me hablas a mí? -pregunté sin dejarme vencer por la tentación a voltear a mis espaldas
Eres el único en frente mío -exclamó con una sonrisa entre traviesa y burlona
A lo mejor te enteras que estoy casi muerta con este bolso de mierda...perdón, dije de porquería...jajajaja...
Mi mente, siempre atenta a un sin fin de cosas, tiende a las complicaciones más ridículas del mundo cuando se trata de una chica bonita. Me tomó un instante reaccionar con alguna conexión ante aquello de “el bolso de mierda...”...
¿Necesitas que te ayude?
No sé...pero si quieres puedes hacerlo -dijo soltando una risita, al tiempo que se puso de pie, y en el segundo siguiente las curvas de su cuerpo se apoderaron absolutamente de mis ojos. Los jeans ajustados descubrían toda la delicia de sus formas.
¡Guau! (me dije) ¡qué cul...!
Su mano extendida me sacó de mis calentones pensamientos.
Hola, soy Marcela -estrechó mi mano como lo haría un hombre atlético mucho más que una chica linda.
Miguel, me llamo yo -le dije con toda esa naturalidad muy propia del calentón nervioso con una mente orientada a tetas y culos, y que no sabe lo que dice
Jajaja -replicó ella alegremente
En mi mente se disparó la sentencia de mi madre en aquella vez que me descubrió haciéndome pasar por otro yo para conquistar a una chica inalcanzable:
¡Por Dios que eres acomplejado, eh!

Gracias, por tu ayuda, Miguel. La verdad es que no me la puedo sola -me dijo al tiempo que puso su pie izquierdo sobre la banca y se inclinó para rehacer el nudo de su zapatilla. Mis pupilas se fijaron en la exquisita redondez de sus pechos y no sin esfuerzo pude quitar la mirada.
Me sorprendió lo grande y pesado que era su bolso. Ahí vine a descubrir el porqué de los músculos de aquel bombón cuando estrechó mi mano. Con una agarradera en cada mano cruzamos la plaza y nos detuvimos en una esquina de la avenida con el semáforo peatonal en rojo.
¿Qué tal un refresco? -preguntó, y sin esperar respuesta tiró de su lado del bolso obligándome a cruzar la calle y seguirle hasta una mesa afuera de una cafetería.
Si crees que soy una loca que va de huida y que llevo todo lo mío adentro de este ridículo bolso -soltó de golpe- pues...estás casi en lo cierto -hizo un mohín de fastidio antes de continuar- aunque...en realidad, no quise cargar con nada que me recuerde nada...¡Qué idiota! –exclamó, elevando sus brazos al cielo.
El mesero dio un respingo
¡No, no, no me refería a ti! -dijo ella soltando una carcajada- Hablo de mí...¡de la loca que hace más idioteces que otra cosa!
…Anda con los nervios -dije, por decir algo, al sorprendido camarero que no se decidía si irse o quedarse
Un par de ojos negros como dos brasas húmedas se posaron en los míos al tiempo que una mano suya me hizo una caricia en el hombro.
Eres lindo -dijo
El mesero me sonrió y recuerdo haberle pedido cualquier cosa que no supe qué era. En mi mente resonaba la música de una melodía fabulosa ¡Eres lindo!, decía la canción...
Fueron como 10.000 minutos de absoluto silencio. Ella hurgaba en el bolso y yo contemplaba el paisaje urbano y sus colinas de cemento y sus casas de cemento y el pasar de los coches, sus ruidos y ese olor típico que sale de los escapes de toda la maquinaria del mundo moderno...
Sentí la necesidad imperiosa de ir al baño. No era una cosa fisiológica sino una urgencia de un retrete en soledad para reordenar cierto nivel de caos mental que me llenaba la materia gris con ideas estrafalarias y emociones idiotas.
Me resultaba inquietante descubrir lo absurdo que puede uno llegar a ser con 22 años encima y una inmadurez babosa galopante. No me llegaban respuestas al cerebro que me sirvieran para que mis siguientes pasos fueran lo suficientemente adecuados e inteligentes para que a aquella chica deliciosa no le diera por pararse y desaparecer para siempre.
Mientras me lavaba las manos y hacía desaparecer todo vestigio de algún sudor y nerviosismo en ellas, miré al frente, y entonces pude observar con toda claridad al tonto calentón reflejado en el espejo.
Cuando me vio venir, me regaló una sonrisa y un par de ojos que se achinaron de esa forma tan encantadora que hacen algunos ojos de algunas chicas lindas cuando te quieren demostrar que les da gusto verte. La novia de mi hermano mayor siempre me regalaba su cariño con ojos así...
Pensé que habías huido -dijo y soltó una carcajada
Traté de imaginar algo gracioso que decir pero, sentía un alborotado gozo dentro de mí y eso  podía jugarme una mala pasada o quizás me podía llevar a decir algo que me retratara como el más tarado de la mesa 6 del restaurante...
Perdí el tren... -dije casi sin querer
¡Jajajaja! –rió, al tiempo que agarró el tenedor e hizo el gesto de clavármelo.

Mientras comíamos y charlábamos de Costa Rica, Honduras y otros lugares que yo tenía en mente visitar, mis ojos se perdían en ella contemplándola furtivamente. Me fascinaba la forma de su boca y de sus labios que eran una fiesta de mohines mientras hablaba (¡y hablaba!), a la vez que sus manos de dedos largos y fuertes –casi masculinos- parecían dirigir con batuta la música orquestada de sus razonamientos. En realidad, todo lo de ella me parecía exquisito y gracioso. Su pelo, la forma de su cabeza, su frente…¿Por qué será que a las mujeres lindas y encantadoras cuesta tanto verles alguna imperfección?  Me acordé de la letra de una canción de Mecano: “…Por mucho que intento, no recuerdo tus defectos...”

Lo más malo de ser un cachondo, inmaduro y enamoradizo, es esa tendencia peligrosa de dejarse arrastrar por las emociones y construir mundos de fantasía en los que uno siempre quiere ser el héroe que rescata a la princesa. Marcela, se enjugaba las lágrimas mientras su relato se iba haciendo cada vez más intrincado y sensible. Según la versión que salía de su boca, su padre no la entendía, y tampoco su madre. Me contó que entre ellos había una diferencia de edad de más de 35 años. Que su papá estaba ya demasiado viejo para fungir de padre, y que su mamá fue y era demasiado joven y loca como para haberse hecho cargo de algo parecido a una faceta maternal. También me contó que tenía un hermano menor de 12 años, y que le daba mucha pena no tener una relación más afectiva con él.
Es que mi hermanito vive encerrado en un mundo extraño que no logro descifrar. ¡Sé que soy egoísta, que soy mala hermana, que soy una cabrona, una hija de puta! –explotó, junto con levantarse de la silla y murmurar algo como… Discúlpame, ya vengo

Cuando regresó del baño, no se sentó al otro lado de la mesa sino que se paró en frente mío y me miró por un instante con sus ojos rojos e hinchados. Su mirada era dulce, pero parecía contener muchos signos de interrogación
¿Eres loco o eres tonto? -me soltó de un golpe
Porque si fueras normal ya te habrías ido    -remató, con una sonrisa que más parecía una mueca.
El bobo dentro de mí se quedó petrificado. Otro de mis yoes, el más mentiroso de todos, quiso esbozar una sonrisa simpática, pero ningún músculo sonriente de mi cara fue capaz de moverse. El cínico que llevaba siempre para situaciones de riesgo vital, tuvo la genial idea de gritarme al oído que me tapara la cara con mis dos manos y dejara un ojo a la vista entre mis dedos…
Yo ser loco y tonto –dije, y ella soltó una carcajada.

Yo, estaba sorprendido de la rapidez con que Marcela me había abierto su corazón. Una ola de calor me recorría el cuerpo cada vez que ella ponía sus ojos en los míos. Nuestra conversación se fue haciendo cada vez más íntima y cómplice. Hablamos de casi todos los temas de nuestras vidas, de nuestros miedos, de nuestros sueños, de los planes que teníamos para ser felices o para no ser infelices. También hablamos del amor. Me contó que había roto una relación de varios meses y que estaba convencida que había hecho muy bien en acabar con eso. También me dijo que su ex era una persona que vivía obsesionado con la impecabilidad, que era demasiado rígido y que siempre se mostraba ansioso por cuestionar la falta de fe y el loco frenesí de la vida de otras personas.
Un tipo raro y aburrido -me dijo una voz cínica al interior de mi cabeza.

Ella, hablaba y hablaba, y mis ojos se perdían, casi hipnotizados, siguiendo el ritmo de sus labios. Tenía que hacer un enorme esfuerzo para no desbarrancarme en mis deschavetados pensamientos que sólo me hacían sentir unas ganas locas de besarla.
Sus palabras, que resonaban en mis oídos como el eco de una música de fondo por cada minuto que pasaba (¿o eran segundos?) se diluían en mi mente y yo cada vez entendía menos los significados de las frases que salían de su deliciosa boca. En mi loca fantasía, yo la besaba con dulce pasión pero, a la vez, con un loco frenesí de lujuria…
Me sentía preso de emociones que no podía doblegar en mi mente ni transformarlas en otra cosa que no fueran deseos y delirios. Mi cabeza, seguía divagando por su cuenta y, de pronto, me trajo a la memoria algunas chistosas imágenes de mi perro Kal, al que le pusimos ese nombre como diminutivo de “calentón", porque cuando era un bebé cachorro se montaba en la pierna de cualquiera de nosotros, incluso, de mi hermanito más pequeño que apenas estaba aprendiendo a caminar. Así que cuando Kal se le subía encima terminaban los dos en el suelo.
Soy como Kal -pensé- y se me llenó la cara de risa.

¿¡Qué tiene de gracioso lo que te estoy contando, eh!?
Su voz, retumbó en mi cabeza como un disparo. La miré con ojos de huevo frito y como quien se topa de frente con un ser de otro planeta, de color verde, 5 ojos y dos narices. Traté de inventar alguna frase, algún gesto, un chiste, pero, sólo me topé con un caos al interior de mi cerebro…
¡Jajajaja! En realidad es tan tonto lo mío que hasta podría ser gracioso –exclamó ella con resignación, dejándose caer en el respaldo de la silla. Sus ojos, que aún tenían las señales de haber llorado, se clavaron en los míos.
Eres malo –me dijo
Pe…pero ¿qué hice? –balbuceé
¿Tú crees que soy demasiado tonta o qué? –se inclinó hacia adelante, puso los codos sobre la mesa y ambas manos en sus mejillas. Me dejó caer todo el peso de una mirada intensa y ¿burlona?. No supe si estaba jugando, tomándome el pelo o verdaderamente quería saber...
No, yo no creo nada de eso –dije raudo- Lo que sí creo es que parece que te gusta castigarte. Si te soy franco me estaba riendo de algunos pensamientos locos que se me metieron en la cabeza
¡No me digas! ¿Y qué tipo de pensamientos eran esos?
¡Ah, no -traté de sonar gracioso- esas materias son cosas íntimas y privadas que no se pueden contar!
Jajajaja -rió de buenas ganas y luego puso su mano sobre la mía
Ojalá que no cambies y te vuelvas un pendejo como la mayoría de los hombres cuando dejan de ser niños…
Sus palabras, me sonaron como un comentario fuera de lugar. No sentí que estaba siendo graciosa, sino que, lo que me decía, tenía que ver con algo que me dijo antes y que yo no escuché por estar pensando en su boca o en comérmela viva. El contacto de su mano fue una sensación deliciosa, una caricia.
¡Vaya! -exclamé- Parece que tienes cuentas pendientes…
Me miró como si me acabara de descubrir. Soltó mi mano y con esos mismos dedos me dio un suave apretón de nariz, pero suficiente como para bloquearme el paso del aire.
¡Hombres…hombres!...¡Nunca escuchan lo que uno les dice!
Pero ¿de qué hablas? –fingí una protesta con voz de trompeta (aún no me soltaba la nariz)
¿Acaso no entendiste nada de lo que te dije sobre Alberto? -agregó, entrecerrando sus ojos y escudriñando en los míos (junto con liberarme la nariz)- ¿O no me escuchaste?
Mi Yo experto en mentiras de urgencia, estaba listo para soltar una excusa digna de algún abogado de esos que ganan todos los juicios, cuando, inesperadamente, el más tonto de mis otros yoes saltó primero al ruedo y dijo la frase idiota del día con cara de baboso y buena gente, una mezcla fatal que puede hacer huir para siempre a la mujer perfecta, e incluso, a otras.
Sabes, Marcela -dije, con una voz que me sonó ajena- te debo confesar que no te pude escuchar todo lo que dijiste porque me quedé pensando, básicamente soñando, en otros momentos de mi vida cuando era un niño feliz…
¿Y...?
…Y, bueno, tú me hiciste volver a aquellos tiempos idos…
¿Yo?
…Así es. Lo que pasa es que tú…eres…como era la chica de mis sueños…-agregué apenas, aunque con la plena convicción de haberla cagado terriblemente.
Como un gesto cariñoso, me pasó su mano por la cara, de arriba hacia abajo.
Eres lindo, pero pareciera que eres de esos que se enamoran con muy poco –dijo y se dejó caer en el respaldo de la silla.
Sentí algo frío en alguna parte del cuerpo e inmediatamente me di cuenta que ella había dejado de sentirme y ahora me estaba pensando. Sus ojos habían perdido ese brillo cálido y no parecían desear achinarse mientras me observaba. Me arrebataron todos los miedos de siempre cuando estoy con una chica que me gusta y con la que doy por sentado que me estoy encaminando a la salida por la puerta que da a los desperdicios.
No sé, yo sólo creo que eres una linda chica. Eso es todo –dije sacando palabras de alguna parte. Mi mente me empujaba a jugar cartas que no parecían tan buenas
Perdón, Miguel, pero no me refiero…o sea, no digo que esté mal –balbuceó (y eso me gustó mucho)- Lo que pasa es que me parece muy irreal que te formes una opinión o que me pongas de chica de tus sueños así de pronto…¿No será que eres un soñador empedernido?
El cínico de mí (que estaba agazapado esperando su oportunidad) aprovechó el momento
Nunca dije que tú fueras la chica de mis sueños. Dije que te parecías a la que era en mi pasado…cuando era un niño 
Pude notar (con regocijo) que mis palabras no le resultaron indiferentes. Se puso seria. En ese momento, sentí que me había recuperado un poco de mi paso en falso. Aunque, en otra parte de mí, algo me decía que a lo mejor mi babosería no había sido un error después de todo. Sabía (o más bien, creía, pensaba y calculaba) que una mujer hermosa era un planeta a años luz de toda lógica, raro e indescifrable.

Después de unos cuantos segundos de incomodidad en los que Marcela pareció volverse indiferente y ajena, ocurrió lo inesperado y que nos sacó brutalmente de nuestro mutismo. Por el rabillo de mi ojo derecho pude captar el momento justo cuando, tras oír el chirrido de unos neumáticos sobre el pavimento, una figura enorme y oscura se nos vino encima a toda velocidad. Creo que fue mi espíritu animal y la loca costumbre de andar corriendo riesgos y pasar sustos, lo que me hizo reaccionar espontáneamente y arrojarme sobre Marcela para desparramarnos sobre el piso y terminar golpeándonos contra las sillas y las macetas con plantas y arbustos que decoraban el patio del restaurante. El coche se incrustó a menos de dos metros de donde nos encontrábamos. El caos fue total.
Lamentablemente, una pata de una silla se clavó en una oreja de Marcela, que perdió el conocimiento. Me asusté terriblemente al verla desmayada y con la sangre corriendo por su cara y su cuello. Había vidrios por todas partes y se escuchaban los gritos de los heridos adentro del restaurante y de la gente que llegaba corriendo desde la calle. Mientras intentaba despejar las sillas a su alrededor y quitar los pedazos de vidrio sobre ella, me di cuenta que yo tenía un feo corte en la palma de mi mano izquierda y en varios dedos de ambas manos. También descubrí que me había roto algo en la nariz.
Me senté junto a ella sin atreverme a moverla ni dejar que nadie de los que llegaban  espontáneamente a ayudar lo hiciera. Alguien me pasó unas toallas de papel y me taponé la sangre que salía de mi nariz. Las ambulancias y la policía, tardaron como 10 minutos en aparecer. Durante todo ese tiempo, me dediqué a sacar todos los pequeños pedazos de vidrios  sobre su cuerpo y su ropa, y me alegré que trajera puestos unos jeans, una blusa de manga larga y unas zapatillas de caña alta. Todo ello le sirvió de protección. Su respiración parecía bastante normal. Pude tomarle el pulso y escuchar los latidos de su corazón con mi oído en su pecho. Fueron instantes muy locos. El perfume que emanaba de su cuerpo las dos veces que puse mi oreja entre sus pechos, me hizo sentir todo tipo de cosas que no debía (dadas las circunstancias). De hecho, estaba aterrado de que la gente a mi alrededor descubriera que yo era un ¿depravado? que ¡tenía  erecciones! con tan solo inclinarme sobre ella.
En esos instantes, yo (el calentón con erecciones), rogaba a todos los dioses, con desesperación, que llegaran las malditas ambulancias de una buena vez.

Marcela, estuvo 4 días en el hospital, y yo la acompañé diariamente, a pesar que lo mío fueron unas cuantas curaciones, tres puntos en la palma de mi mano y un corte al interior de mi nariz de la que sacaron una pequeña pieza de metal incrustada en ella. No estaba rota como creí en un principio. También, tenía mis dos rodillas hinchadas y adoloridas. Lo de Marcela fue más por precaución. No tenía nada interno en su oído, sólo un corte y un feo moretón en su oreja. Sin embargo, sufría de recurrentes dolores de cabeza.
Aunque no quise preguntarle, me pareció algo extraño que no hubiese amigos o familiares visitándola. De hecho, en cierto momento, y mientras comía algo en la cafetería, se me vino a la cabeza que yo no tenía idea de las cosas más básicas acerca de Marcela, como de dónde era ni qué edad tenía ¡Qué loco! ¿Cómo no hablamos de eso? -me pregunté- Yo, tampoco le dije que era chileno…¿O sí?

Se veía preciosa recién despertando, con su cara de enferma y su oreja inflamada como zapallo morado. Sus ojitos se achinaron al verme llegar. Le entregué el chocolate.
¿Cómo te sientes?
Bien…bastante bien -dijo, y luego cambió su expresión y sus ojos se humedecieron- Miguel, quiero darte las gracias por salvar mi vida…
No supe qué decir. Mi repentina condición de héroe era algo que no estaba en mis planes. Sin embargo, intuí que era mejor sólo sonreír (y dejarme querer)
Ah, y muchas gracias por el chocolate. Necesitaba algo dulce…
¿Lo dices por mí? –exclamé con cara coqueta
Jajaja. ¡Claro que sí! ¿O creías que era por esta ¡mmmmm! deliciosa barra de chocolate? –dijo, haciendo mohines y pasándose la lengua por los labios.
¡Oye, qué inmunda eres!  ¿Acaso no sientes mi dulzura, colombiana mala gente? –declaré intencionadamente
Me miró con ojos de interrogación
¿Colombiana? ¿Quién te dijo que yo era colombiana?
¿No lo eres?...¡Vaya!...¡Qué complicación!... ¡mmmmmm…! -hice chasquear mis dedos- Entonces…¡Venezolana mala gente!
Frío…cold… -dijo, con voz de una rumiante que come chocolate
¡Ahá…lo tengo! Eres una cargante mexicana que nació en Gringolandia –rematé convencido
Not at all, dear friend! –dijo la rumiante poniendo cara de pilla- Andas lejísimo de la meta…
Me doy. Digamos, entonces, que eres una loca extranjera de algún país olvidado en alguna galaxia muy, pero muy lejana…
¡Bravo! –exclamó, aplaudiendo- ¡Has dado en el clavo! Soy una alienígena que nació en Trujillo, que es un divino planeta que queda en Perú…
¡Noooo! –gruñí, tapándome el rostro con las manos- ¡No puede ser! ¿Por qué este castigo, dioses del Olimpo? ¿Acaso no sabéis que los peruanos nos odian porque continuamente les ganamos en el futbol y el pisco chileno es mucho mejor que el pisco, ¿dije pisco?, quise decir, que el aguardiente peruano?
¡Nooooo, Dios mío! –exclamó ella tapándose el rostro con la almohada- ¿¡Qué he hecho yo para merecer esto!? ¿¡O que un arrogante chileno me haya salvado la vida no es ya suficiente castigo?
Después de contemplarnos mutuamente por unos segundos y reírnos de buenas ganas, nos tomamos de las manos y, casi sin darnos cuenta, nos dimos un corto, dulce y delicioso beso en la boca. Una especie de “piquito” que le llaman.
A mí, me dolía la nariz, y a ella le zumbaba el oído.

Fue una cosa muy rara. En ningún otro momento de esa tarde se me ocurrió creer que entre Marcela y yo se había desatado un romance. El beso, fue como un momento encantador que pertenecía sólo a una circunstancia extraordinaria: ella, estaba segura que yo le había salvado la vida, y yo estaba seguro que me estaba enamorando… ¿Enamorando?...¡Já! –dijo la voz en mi cabeza- ¡No jodas! Te la quieres devorar, que es otra cosa…

Sus ojos, que se achinaban siempre para mí apenas entraba o salía de la habitación, me empezaron a resultar cargantes; era como si estuvieran todo el tiempo llorosos y hasta los bordes de un empalagoso cariño agradecido, una cosa viscosa que se transformaba en una barrera infranqueable que no me daba oportunidad ninguna de dejarme ir tras mis impulsos de tomarla entre mis brazos y comérmela a besos… ¿Hay algo peor que tener a la mujer de tus sueños, o a una copia de ella, mirándote con los ojos del Gato con Botas todo el tiempo? ¿Quién puede ponerle una cuota de pasión desbocada a una relación emotiva hasta las lágrimas y basada en la falsa idea que yo soy un maldito héroe de porquería?

Cuando llegué al día siguiente, me topé con una habitación llena de gente. Marcela, me presentó con el grupo de compañeros de la universidad. Ahí, me vine a enterar que estaba en su último año de Artes Visuales en la Universidad de Panamá.
Todos ellos, me saludaron efusivamente mientras me contemplaban con ojos de admiración. Mi fama de héroe crecía a pasos agigantados y podía sentir la dulzona mirada de las personas en cualquier lugar del hospital que me encontrara. ¡Qué fastidio! ¿Era para tanto?  Por alguna razón, en esa oscura parte de mi ego cargado de excitaciones y complejos, yo no sentía tener tantos merecimientos por haberme arrojado encima de Marcela.
A lo mejor, fue por un acto de locura sexual -pensé, y me dio un ataque de risa
¡No se preocupen! –pude oír la voz de Marcela- Él, es así. Siempre se anda riendo solo. Y ya saben lo que es eso…-agregó, risueña, mientras hacía girar un índice a la altura de su sien.
Lo bueno de ser un héroe es que las personas te celebran casi todas tus pendejadas y rarezas, incluso hasta tus chistes malos.
Mientras todos reían y me palmoteaban la espalda, Marcela, y su cara de cordero degollado, me hacían sentir ganas de salir huyendo de la habitación.

En las semanas siguientes, el asunto entre Marcela y yo, no pasó de decenas de whatsapps suyos con distintas layas de agradecimientos, varias llamadas y un par de encuentros con un capuchino al frente y, a lo sumo, una veintena de minutos de conversación banal y cariñosa. Desgraciadamente, el golpe en su oído sí le trajo consecuencias y debió seguir una terapia para tratar una hipoacusia (afección al tímpano) que no le permitía oír bien. También, me contó que tenía sensaciones de vértigo.
Me parecía tan raro verla y no sentirme alborotado por comérmela a besos. Su rostro levemente demacrado, y cierta apariencia de fragilidad, me hacían experimentar otras emociones que me daban ganas, o de salir huyendo o de abrazarla y protegerla. No podía conectarme con nada sensual mientras la observaba. ¡Una locura! ¡Si ella era una delicia por donde se le mirara!, incluso con el tímpano hecho mierda o con su cara de paciente hospitalaria.
Me sentía sumamente confundido. El lado callejero de mí, un aventurero y calentón sin moral ninguna,  parecía haberse pasado al planeta sensible y buena gente sin autorización de nadie. Tanto así, que, mis ojos, siempre ávidos de traseros redondos y senos turgentes, se desentendían, momentáneamente, de la existencia de tales maravillas, y no eran capaces de mirar a esta mujer hermosa sino con la pasión y la intensidad de un bobote simplón y cariñoso.

La casa de Marcela, era grande, de espacios amplios y denotaba el estatus de comodidad económica de sus propietarios. Por alguna razón inexplicable, no me sentía muy alegre ni cómodo cuando cruzamos el umbral de la puerta y nos recibió un señor mayor, alto, macizo, de aspecto severo y quien me extendió una mano de dedos grandes que no tenían ninguna fuerza ni carácter al saludar. Mi intuición -otro de los incorpóreos seres vivos que cargo encima, y que me salva de muchas cosas o me echa a perder otras- me cuchicheó al interior de mi cabeza que mantuviera siempre una prudente distancia con aquel personaje.
La habitación de Marcela era linda y espaciosa. Había dibujos, pinturas y bellísimos colages repartidos por todas partes, un par de atriles, una mesa abarrotada de útiles de pintura y una cama grande cubierta con una colcha de cuadros multicolores que hacía juego con una alfombra en tonos burdeos.
Unos golpes en la puerta anunciaron la llegada de un par de mujeres cuarentonas. La morena de ojos esmeraldas, una hembra de esas que en alguna reencarnación fueron panteras, me miró como quien se prepara a darse un festín con la presa de turno.
¡Hola chicos! –exclamó, irrumpiendo en el cuarto y extendiéndome su mano, mientras en su muñeca tintineaban media docena de pulseras de oro y plata-
Soy la mamá de Marcela –dijo, con una amplia sonrisa de dientes perfectos.
Su mano era suave como la seda y su apretón me pareció especialmente cálido y hasta sensual. Era una mujer de esas que uno ve en las revistas rosas exhibiendo un cuerpo maduro, pero en todo su esplendor, y que ocupan la mayor parte de sus vidas en hacer ejercicios para los glúteos y las tetas o se gastan fortunas en cremas para la piel, y hasta tienen una masajista sueca que les moldea la figura y les relaja una mente calculadora llena de ideas ardientes y donde el Yo es único y enorme, como  una catedral.
Desde el umbral de la puerta, la otra señora (igualmente gatúbela, pero en tonos castaños y bronceado perfecto) hizo un círculo con la mano abierta a modo de saludo.
Otra intuición amiga me hizo sentir que en Marcela se había instalado un halo de tirantez.
Aunque lo de las damas fue una visita relámpago, el desasosiego que quedó en el ambiente fue suficiente como para sacarnos irremediablemente del flujo de intimidad que habíamos conseguido cuando entramos en la habitación.

El silbido del whatsapp me indicó la llegada de un mensaje. Era de Marcela.
Hola ¿Cómo va la vida?
Una corriente de alerta se encendió en mis testículos. El cosmos sensorial conectado con mi anatomía, siempre me ha mandado mensajes de alerta a través de mis glándulas peludas. Un hormigueo o una sensación de recogimiento, significan que algo no está bien o que algo está por llegar o quizás que no debo dar el paso siguiente en cualquier situación  que me encuentre.
Todo ok ¿Y tú?
Me gustaría verte
Desde aquella tarde que conocí su casa y a sus padres, ya había pasado algo más de una semana y no habíamos tenido ningún contacto.

........................

Constanza, manipuladora, metiche profesional y, aún, amiga sin ventajas, se dio vuelta en la cama, se sentó y acomodó la almohada en su espalda antes de disparar:
Te apuesto que es ella -dijo
El maldito olfato femenino es algo que siempre me ha hecho creer que si los hombres les contamos mentiras a las mujeres es por culpa de esa capacidad siniestra que ellas tienen para intuitivamente descifrar la verdad de lo que bulle al interior de nuestras masculinas cabezas. A nadie le gusta que le lean la mente y le escarben en las mentiras.
Desgraciadamente, a Constanza le contaba muchas cosas, y entre ellas, algunas verdades y otras tantas mentiras acerca de Marcela. Espontáneamente, me dio por lo último
No –dije sin inmutarme- es un mensaje de otra cosa
¡Mentiroso! –exclamó, al tiempo que de un manotazo me arrebató el teléfono y saltó de la cama.
En vez de reaccionar y ponerme a pelear con ella, me quedé tal cual estirado y puse mi mejor y más estudiada cara de indiferencia. Constanza, me miró con chispeantes ojos de triunfo
¿Viste? ¡Eres un cínico! ¡Cómo se nota que te tienen cogido de un huevo! –se volvió a recostar bruscamente a mi lado dándome la espalda.

Constanza, era una loca de atar, una mujer de 30 años, casada, con 2 hijos pequeños;  súper inteligente y súper tonta, cariñosa, buena gente, pero, emocionalmente, era una mocosa de quince, y a la vez, una mujer alta, hermosa, exuberante, con un culo maravilloso y unas tetas demasiado pequeñas que eran su gran trauma. Siempre me hablaba de querer operárselas.
Era divertido estar con ella, aunque yo entendía perfectamente que toda su exhibición de confesiones, carcajadas y brindis (mientras bebíamos deliciosos vinos blancos que ella traía de una viña donde trabajaba) no era sino parte de sus juegos mentales, teatrales y eróticos, que nunca concluían en sexo porque ella sufría de un loco amor neurótico por su marido, a la vez que disfrutaba enormemente la certeza de tenerme en la palma de su mano y hacer conmigo cualquier cosa que quisiera. Incluso, que yo me enamorara de ella. Por lo mismo, la parte excitante para Constanza de nuestras tertulias se terminaba cuando se daba cuenta que yo me volvía un calentón medio ebrio, un mal actor, un bobete que inventaba frases huecas con la pura intención de llevarla al sexo.
¡Puta de mierda! –mascullé con rabia muchas veces de madrugada cuando la veía partir furtivamente sin haber podido hacerla mía.

Una noche, llegó a mi casa pasadas las 10. Yo estaba en mi segundo ron y enfrascado en la laptop escribiendo un cuento acerca de mi infancia en el campo. Como siempre, apareció como una tromba, fresca, radiante y con una botella de un Chardonnay en la mano.
¿Qué escribes? –dijo mientras rebuscaba en un cajón por el descorchador
Nada que te importe –dije por molestar
Seguramente, alguna carta de amor a la peruanita –exclamó y soltó una risita burlona
Nunca sabía yo si Constanza me decía pesadeces por burlarse o porque era una posesiva de mierda que le gustaba jugar a la que le importaba. Había veces en que me parecía estar celosa de verdad. Me gustaba creer eso.
¿Y tú qué tal? –dije para salir del tema
Apenas la sentí llegar detrás de mí, cerré la laptop.
¿Adónde va la intrusete? –alcancé a decir junto con abrazar mi computadora
¡Pero qué perseguido eres! –exclamó con una voz en tono juguetón- Tú ya deberías saber que adoro las novelas baratas, já!
Si hay algo que me molesta gravemente, es esa impertinencia de algunas personas que no saben respetar la intimidad de otros. Constanza, tenía cosas de intrusa que me fascinaban, pero a la vez, podía ponerse cargante que daban ganas de agarrarla del cuello, apretar, y esperar a que se pusiera azul.
Tenemos que brindar –dijo al tiempo que puso una copa de vino sobre mi escritorio- Hoy es un día para celebrar
Sin soltar mi laptop hice girar la silla para enfrentarla
¿Qué vamos a celebrar? –la escudriñé intentando descifrar cuál podía ser el truco
Ella, meneando su cabeza, me miró con el ceño fruncido
¡Por Dios, qué cegatón eres! ¡Cómo se nota que nunca te fijas en nada!
¡No me digas! ¿Y cómo en qué tendría que fijarme según tú? –yo seguía desconfiando
Primero, el brindis –exclamó radiante- hoy me siento contenta, realizada…¡me siento feliz!...y tú eres el primero en saberlo…¡Puto privilegio el tuyo, invidente de porquería!
Dicho eso, y tras el brindis, Constanza, desabrochó su cortaviento y con un gesto de modelo de pasarela echó sus hombros hacia atrás y se giró de perfil mirándome coquetamente por sobre su hombro…
¡Guau! –pude exclamar ante la vista esplendorosa de un par de tetas exuberantes- ¡Qué bien! –aplaudí- ¡Se ven hermosas!
Constanza, parecía estar en éxtasis. De hecho, hasta se le humedecieron sus ojos de emoción al verme genuinamente encantado con sus gomas nuevas.
¿Se pueden palpar? –dije por si acaso (y con una erección instantánea)
¿Palpar? No. Sólo tocar –advirtió con una seriedad poco frecuente en ella
Tengo que cuidarme hasta que me saquen los puntos –agregó, arruinándome toda posibilidad de hacer algo sabroso con sus tetas nuevas.
Me dejó hacer, aunque con una mano levantada, lista para intervenir en caso que me entusiasmara. Se sentían suaves, llenas, acariciables, delicadas y firmes. Unas gomas de esas exquisitas para besar y morder.

.............................

Con Marcela intercambiamos varios mensajes que me fueron pintando un panorama bastante confuso acerca de la emocionalidad de mi amiga ¿amiga? Me sonaba raro pensar en ella como mi amiga, aunque en estricto rigor no éramos sino exactamente eso. Finalmente, acordamos vernos en la misma cafetería del accidente. La esquina había sido remodelada y ahora lucía varias señalizaciones de alerta y un par de lomos de toro de esos que obligan a reducir la velocidad.
¡Quedé perplejo! De hecho, casi ni la reconozco. Marcela, apareció con un corte de pelo a la usanza de las heroínas de algunos juegos de video japoneses y con un chispeante color azul, casi eléctrico. Se veía ¡espectacular!
¡Guau…te ves súper! –pude decir
Vestía unos jeans azul de costuras blancas que resaltaban su figura en todo ¡todo! su esplendor. Quedé algo loquito por unos segundos, mientras ella me dio señales de estar en una onda my reservada.
Nada de arcoíris –pensé, al tiempo que nos abrazamos con emoción.
¿Todo bien? –pregunté ya instalados en una mesa, esta vez al interior del local
En ese momento, nuestras miradas se encontraron, y justo cuando le iba a decir lo linda y hermosa que estaba, apareció el mismo mesero que nos atendió en aquella terrible tarde del accidente.
¡Qué gusto me da verlos nuevamente! –dijo agachándose a darle un beso en la mejilla a Marcela, para luego estrechar mi mano efusivamente y palmotearme la espalda.
Me alegra saber que están bien –agregó, y al instante, se nos quedó viendo como si de pronto hubiese descubierto que estaba invadiendo un íntimo espacio de complicidad entre nosotros…
Oh, bueno…estoy a la orden por si necesitan algo –dijo y ni alcanzamos a abrir la boca cuando ya había desaparecido. Nos miramos y soltamos la risa
¡Qué lindo! –dijo Marcela
Nuestras manos se encontraron así, espontáneamente. Un cosquilleo delicioso me recorría entero mientras nuestros dedos se acariciaban entrelazados sobre la mesa. Su mirada parecía contener calidez y sensualidad, y su boca entreabierta me hablaba de besos y caricias.
Sin embargo, y como en otras ocasiones, mis impulsos volvieron a verse contenidos cuando, en el segundo siguiente, sus ojos se volvieron dulces, húmedos y agradecidos
¡Esto es absolutamente estúpido! –exclamó el yo calentón en mi cabeza que insistía en porfiados cálculos con cuerpos desnudos, sexo y lujuria…

Marcela, empezó por contarme que ya había superado lo del oído, escuchaba normal y no tenía molestias de mareos ni vértigo. Dicho eso, soltó mis manos, y tras reclinarse en el respaldo de la silla, me clavó una mirada cargada de intensidad, y entonces me relató la historia del inminente divorcio de sus padres y la de su posible viaje a los Estados Unidos a la casa de sus tíos.
Me dijo que estaba muy preocupada por su hermanito porque parecía que su mamá tenía planes de vender la casa e irse a vivir con una amiga ricachona que había enviudado unos meses atrás.
Mi mamá está absolutamente loca –sus ojos, dos brasas oscuras que contrastaban maravillosa y ¡furiosamente! con el azul de su pelo, parecían arrojar rayos mortales.
¡Es una estúpida inconsciente y egoísta que sólo sabe pensar en sí misma! -remató
Mis sueños de cama y caricias en una piel deliciosa, olorosa y besable, se esfumaron de un golpe.
De pronto, me sentí en otra parte. No podía conectarme con su drama, y mi mente se cargaba de imágenes con mujeres frívolas y tontas que piensan en puras boberías y que sufren por puras estupideces. De la nada empecé a sentir una rabia sorda mientras mi imaginación divagaba en el sufrimiento de otros que no tienen nada, que nadie los quiere y que sobreviven apenas con unos malditos centavos y comiendo basuras…(¿?)
No sé muy bien qué voy a hacer –escuché que dijo y con ello regresé a la realidad de mi aburrida vida de putísimo héroe de Marcela…
En ese momento, alguien, al interior de mi persona decidió volverse loco
Marcela, ¡por favor, déjate de estupideces y haz lo que tengas que hacer! –dijo una voz que salió de mi boca- Ya eres una mujer grande, no una niña. Tienes todo en la vida, tienes casa, tienes comida, tienes dinero, gente que te quiere…
Al instante, y por un par de segundos, Marcela, me miró con ojos de incredulidad. Acto seguido, su rostro pareció irradiar un resplandor ardiente muy parecido a la furia
¿¡Qué dices!? –exclamó fuera de sí- ¿¡Cómo te atreves a decirme tal cosa!? ¿¡Quién mierda te crees que eres!?

No alcancé a decir una sola palabra ni hacer ningún gesto que me sirviera para calmarla, cuando ella ya estaba cruzando la puerta de salida. 

En esta personal batalla por la sobrevivencia, al igual que todos, he estado siempre sometido a los vaivenes de las emociones y al caos que, las más de las veces, abunda al interior de mi cabeza. La profesión de tonto es una carrera de toda la vida que a los 22 se incrementa de manera sustantiva porque uno tropieza con la desconchinflada creencia de estar, por fin, entrando en una etapa de madurez (¡já!). Por suerte, el robusto cínico que cargamos dentro, nos rescata repetidamente de esos sentimientos de culpa que nos invaden después de hacer un acto de estupidez incalculable: como el de abrir la bocota para decir imbecilidades…
Me pasé varios días reviviendo en mi mente aquella catastrófica perorata que le solté a Marcela, y al final, decidí que todo se fuera a la mierda. No tenía ganas de hacer aquella fastidiosa lucha del idiota buena gente y arrepentido que pide perdón.
¡Que se joda! -me dije convencido…(¿convencido?)
De pronto, un hormigueo típico en mis glándulas peludas me puso en alerta.

5 minutos después, el silbido en mi celular me anunció lo que mis adivinas compañeras colgantes habían presentido.
Hola –decía el mensaje de Marcela
Mi impulso inmediato fue contestar con alguna cosa afectiva y amorosa. El yo maldito me detuvo en seco
¡Calma, idiota! ¿¡Adónde vas!?
Mi corazón se puso levemente loquillo. Los dedos de mis manos parecían tener vida propia y se morían de ganas por teclear palabras bonitas, mensajes dulces y bobadas multicolores.
Me parecía verla al otro lado de la línea mirando el celular con cara de ansiedad.
Hola –puse
(el mismo yo maldito se negó a dejarme agregar algún emoticón feliz)

Se veía hermosa sobre la bicicleta mientras se acercaba por la ciclovía costera frente al Club de Yates. Su sonrisa discreta y un beso en la mejilla me dieron la idea que, aparentemente, todo estaba bien conmigo, pero que no había espacio para nada de algarabías ni chistes malos.
Dejamos las bicicletas apoyadas en un árbol y nos sentamos en el pasto.
Yo, dedicaba mis esfuerzos en controlar ciertas ganas de un discurso estúpido con palabras de arrepentimiento, porque presentía que debía jugármela por la imagen del héroe honesto y duro que se atreve a decir las cosas por su nombre.
(¡Nada de pendejadas rosas ahora! –dijo la voz del cabrón en mi mente)
Miguel –soltó, ella, de pronto, fijando sus ojos en los míos- aunque fuiste muy cruel en decirme palabras que me dolieron…creo que me has ayudado a darme cuenta de algunas cosas…
(¡Silencio, ni una palabra! –volvió a mascullar la voz)
…y pienso que me hacía falta ese brusco despertar que me significó tu pésimo discurso       –agregó con una mueca tipo sonrisa- De veras te digo que me ayudó…¡y bastante!
Yo, sostenía su mirada con mi mejor cara de quien escucha atentamente (y a quien no se le notan las ganas de abrir la boca para decirle lo hermosa que se ve con esos pelos azules y esos ojos brillantes y ese escote exquisito que deja ver aquellas…)
Miguel, ¿Entiendes lo que te digo? –me pareció que su voz venía desde lejos.
¡Por supuesto! Estoy aquí y te estoy escuchando atentamente –dije, sin señales (casi) de sobresalto- Lo que pasa es que no sé muy bien qué decirte -mi cinismo crecía como la espuma- Sólo puedo alegrarme de que…estés bien.
Bueno, tan bien no estoy. Pero, al menos ya no me siento presa de los conflictos de mi casa y todo parece estar encausándose hacia algo medianamente normal. Bueno –agregó con un ademán- ya no sé qué es algo normal en estos tiempos…

Lo más liberador de todo era que, en sus ojos, ya no había ninguna señal de ese lloroso y espeso agradecimiento. De nuevo, me sentía ávido de mirar furtivamente sus redondeces y liberar mis más retorcidas intenciones con dirección al sexo. Ya no me importaba un soberano cacahuate el papel de niño lindo, ni el de buena gente ni el del maldito considerado idiota que ¡por baboso! ve pasar los pasteles que se comen otros.
¡A la mierda! –exclamó mi Yo amigo más cínico- Este pastelito ¡me lo como yo!

Marcela, me contó que, finalmente, sus padres se habían separado y que su mamá se había ido con la amiga de los millones. Ella y su hermano se habían quedado con su papá.
También me dijo que su padre había dado un giro en su relación con ella y su hermano, y cada vez se mostraba más comunicativo y cariñoso. Algo que la tenía muy contenta.
Sus planes de irse a los Estados Unidos estaban cada vez más cerca de concretarse.

Me sentía incómodo pensando en que ella tenía ganas de irse. Era como si yo no entrara en ninguna ecuación con respecto de sus planes.
Me dio risa tener pensamientos de esa índole
¡Cómo tan descarado! –me dije- ¡Estás pensando en quitarle la ropa a como dé lugar y ahora me vienes con emocionalidades pendejas!
Las sentencias de mi gurú favorito retumbaron en mi mente: 

“…Lo primero que tienes que saber de ti es que tú no eres tú, sino la suma de muchos yo(es). Acuérdate de identificar cuál de tus yoes es el que habla por ti en algún momento que te resulte vital: ¿Es el de tu mente, el de tu corazón o el de tu cuerpo?”.

Caía la noche. Nuestras conversaciones parecían hacerse infinitas. Teníamos palabras de sobra para contar las historias que habitaban en nuestras cabezas y en los parajes aún más intrincados donde se parapetan los sueños y los deseos. Las emociones iban y venían como flotando en el mar, arrastradas por las corrientes y las olas. Así surgían las de Marcela cuando me hablaba de sí misma. Parecía que su corazón vagaba de aquí para allá sin muchas ganas de anclarse en ninguna parte.
Mi cuerpo, tampoco siente ansias ni angustia por amor y sexo –dijo de pronto
No supe qué decir ante tamaña confesión, pero mi cuerpo reaccionó como si le hubiesen inyectado adrenalina pura. Tuve una erección inmediata
Pero, no te equivoques –agregó sin darme tiempo a tomar consciencia de mi calentura- no me he vuelto frígida ni nada parecido.
En ese instante, nuestras miradas se encontraron y entonces, algo pareció encenderse. Mis ojos se fijaron en su boca entreabierta. Mi imaginación dio un salto al abordaje. Marcela, me quitó la mirada y se quedó contemplando el mar y el suave vaivén de los veleros anclados en la bahía.
¡Qué triste es ser tan pendejo! –me dijo una voz en mi cabeza

Pedaleamos por más de media hora antes de llegar a la puerta de su casa. Durante todo ese rato nos fuimos jugando a mirarnos furtivamente. El yo miedoso instalado en mi mente me decía cosas idiotas como ¡No te hagas falsas ilusiones!, mientras que mi otro yo, el ladino y calentón, iba todo el rato conectado con una erección que cada vez se volvía más potente (y súper incómoda para pedalear) a la vez que me parloteaba de un futuro inmediato  en una noche ardiente y deliciosa entre las piernas de Marcela, con su perfume, sus olores, sus tetas divinas, sus nalgas exquisitas…
¿Tienes planes para hoy? –preguntó ella. Tuve que afirmarme de la bicicleta porque sentí un súbito temblor en mis piernas
Nada especial –dijo alguien a través de mi boca
Si quieres, te paso a ver como a las 9 –dijo como si no hablara conmigo. La erección se volvía cada vez más dolorosa.
Perfecto –exclamó la voz que salió a duras penas entre mis labios mientras otra parte de mí luchaba con unas mandíbulas trabadas.
Se entró rauda a su casa y sin decir otra palabra ni despedirse. Me pasé la película de la chica súper nerviosa que tiene miedo de lo que quiere hacer, pero que lo desea tanto que por eso no se atrevió a mirarme a los ojos ni a decir ¡hasta más rato! ni a darme un beso en la mejilla, ni…
¡Déjate de pendejadas y ándate para tu casa, ya! –me gritó la voz de mi cabeza.

Pedaleé como lo habría hecho algún sobrexcitado aspirante a campeón del Tour de France. Me sentía energizado hasta el ridículo, pero junto con ello, me invadía una irritante y angustiosa sensación de inseguridad.
Me imaginé desnudo frente a Marcela, y sin saber qué hacer. Me puse en el contexto de mi calentura y me figuré que a lo mejor no le iba a gustar que le diera besos con lengua, y ni qué decir de otras ideas locas y ardientes que se encendían en mi mente y en todo mi cuerpo.
Hacía mucho tiempo que no me sentía tan excitado ni preso de tantas inseguridades. Hasta sentí miedo de perder el control o de echarlo todo a perder…
Ordené rápidamente el departamento, arreglé con todo cuidado mi cama, di vuelta el colchón, cambié sábanas y fundas y les solté un par de espray de mi Calvin Klein. Luego, me di una ducha en un estado tal de agitación que no era capaz ni de enjabonarme la entrepierna sin que el “calvo” se me revolucionara en dirección al techo.
¡No debes enjabonarte la goma! –me aconsejó mi experto, inseguro y nervioso ego calentón- Puede ocurrir que a ella le guste…
El calvo parecía estar a punto de explotar. La sola idea de su boca y su lengua en mi…
¡No seas pendejo. Eso no ocurrirá! –dijo la voz del mismo libidinoso sabelotodo e incompetente que da malos consejos y que ahora me pedía a gritos algo para la sed.
Me preparé un ron de esos que hace un barman para los clientes que dan buenas propinas, y antes que pudiera decir ¡salud! ya me lo había zampado de una.

Si hay algo que odio, es esperar. La botella de ron me hacía malditos guiños maliciosos. Apuré un vaso largo de agua mineral para calmar las ansias de otro trago que, de seguro, me habría puesto la lengua traposa y un cerebro lleno de ideas babosas...aún más de las que ya se agolpaban por docenas en el mismo espacio donde también se hallaban almacenadas mis miles de millones de neuronas inteligentes…
¡Maldita sea! –masculló entre dientes una voz en mi mente- ¿¡Y dónde están esas cabronas cuando uno más las necesita!?

El timbre en la puerta me hizo pegar un brinco.
El pelo azul de Marcela brillaba bajo la luz del farol en el umbral y la blusa entreabierta me dejó aún con menos aliento del poquito que me quedaba después que sonó el timbre.
Sus ojos maravillosos lucían chispeantes y ¿traviesos? Nos abrazamos tiernamente, y cuando le di el beso en la mejilla, el perfume que emanaba de su cuello me inyectó 50° de calor ardiente de un golpe, y una corriente ¿electromagnética? encendió el total de mis células y fibras nerviosas en los 1.7 m2 de superficie de toda mi piel, amén de endurecer instantáneamente todo lo demás…
(No supe si lo imaginé, pero por un instante ínfimo de tiempo, creí sentir que su bajo vientre se apegaba al mío, al tiempo que su divino monte de Venus se apretaba sutilmente en contra de mi calvo enardecido…)
A duras penas pude controlar mis brazos que querían rodear su cintura y hacer de ese “delicado encuentro” de dos órganos sexuales saturados de sensibilidad y sensaciones apoteósicas, un choque brutal y despiadado…

Mis varias sesiones de yoga y unos cuantos libros acerca del control mental, la mecánica del sistema nervioso central, el efecto cuántico de la paz interior (¿?) y otras pendejadas parecidas, no parecían surtir efecto alguno en mi raciocinio mental cuando Marcela, dirigió sus pasos hacia el sofá, mientras su falda diminuta seguía el ritmo de sus caderas y de sus deliciosos glúteos.
La canción de Sabina fantaseaba en mi cerebro mientras mis ojos devoraban el paisaje…

“…Peor para el sol que se mete a las siete
en la cuna del mar a roncar,
mientras un servidor
le levanta la falda a la luna…”

Me gusta el ron en vaso whiskero, con dos hielos, una rodaja de limón y un chorrito de agua mineral con gas –dijo
Lo bueno de ser borrachín de fin de semana y de Lunes a Domingo, es que uno tiene sus cosas, y yo tenía todas las que, Marcela, ya instalada en el sofá, deseaba.
Le dio unas cuantas vueltas a los hielos con el índice, chocó su vaso con el mío y se zampó el ron de una. Un hielo asomaba y desaparecía entre sus labios mientras su boca y su lengua jugueteaban con él.
¡Guau…! –pensé- esta Marcela parece otra. Todo el ron de mi vaso desapareció al interior de mi garganta.
Mientras le preparaba otro trago y mi cerebro buscaba alguna frase inteligente que decir, Marcela, hacía un pequeño tour por mi departamento estudio. Se encaminó hacia mi cama y se sentó en ella.
¿Aquí es donde te revuelcas con  tus chicas? –soltó de pronto
Jajaja –el alcohol ya me hacía sentir algo más relajado y desinhibido- No, normalmente duermo ahí o me apoyo en ella mientras mis rodillas están sobre el tapete…para decir mis oraciones…
¡Já! –rió Marcela, dejándose caer de espaldas sobre la cama. Su falda diminuta se encaramó unos cuantos centímetros por sus muslos lo justo para dejar entrever la punta de un calzón blanco que cubría la curva divina de aquella parte…
¡Guau! tu ron me relajó absolutamente –exclamó, al tiempo que un tirón de su mano derecha corrió la falda y echó a perder absolutamente todo el espectáculo.
A esas alturas, y más allá de una cierta sensación de relajamiento, mi cuerpo ardía, la cabeza me zumbaba y la erección amenazaba con romperme la cremallera (modestamente hablando). Aunque, por otro lado, estaba más que sorprendido con la actitud de Marcela. Esperaba otra cosa de ella. Me había imaginado que este primer encuentro en mi casa, de noche, con trago, romántico y sexual, sería el de una chica comedida, delicada, mesurada…
¿Será que no sabes una mierda de mujeres? –me dijo una voz en el cerebro

La música de Montaner se apoderó del primer plano de mis pensamientos. No sé si fue la letra y el ritmo de la melodía o los dos rones, pero de pronto tenía yo el puño cerrado a modo de micrófono frente a mi boca, y de mi garganta brotaba la letra de la canción, al tiempo que mis piernas me conducían directamente a los pies de la cama donde Marcela seguía de espaldas y me miraba sonriente y…¿coqueta?…

“…Dame tu consentimiento
para conquistarte con mis carabelas
Deja hacerme de tu orilla
porque la corriente a lo mejor me lleva…”

Antes que alcanzara la siguiente estrofa, Marcela, la chica deliciosa, la idealizada señorita de mi cerebro idiota, me agarró de la camisa y de un tirón me atrajo hacia ella.
Su boca, me dio una clase magistral de besos con lengua al tiempo que sus labios y sus dientes jugaban a morder y chupar y besar y chupar y besar…
Sentía los dedos de sus manos hincarse en mi espalda mientras mi calvo compañero y sus millones de fibras nerviosas gimiendo de placer se restregaban apasionadamente con un pubis deliciosamente suave y acojinado.
De pronto, sus manos se aferraron a mis hombros y empujaron hacia abajo.
Un par de pezones rosas en unas tetas hermosas, firmes y redondas, quedaron al descubierto frente a mis ojos, cuando, Marcela, con un movimiento experto, se sacó la blusa de un golpe.
Mi boca y mi lengua disfrutaron cada milímetro de esas gomas deliciosas y juguetearon con sus botones que se volvieron exquisitamente duros y sensibles.
Sus manos, de vuelta en mis hombros, me indicaron que era hora de seguir bajando.
Recorrí toda la amplia y ardiente avenida de un cutis suave y oloroso en dirección a su ombligo. Dejé que mis labios y mi lengua lo acariciaran por un tiempo. Sin embargo, mi boca ansiaba ardientemente continuar su viaje.
Mis manos, en sus caderas, atraparon el diminuto calzón y se lo llevaron de viaje recorriendo muslos, rodillas y piernas en un crucero de placer que prometía un puerto maravilloso donde recalar…
Los gemidos que salían de su boca me excitaban hasta el frenesí. Mis labios y mi lengua gozaban cada trazo de esa piel palpitante, cada curva, cada rincón. Seguí mi viaje de besos y caricias hasta el interior de unos muslos que cedieron al impulso de la humedad y se abrieron como una flor.
El perfume de su entrepierna hizo que mi lengua y mi boca se perdieran en ella…

Fugazmente, y por la luz que irradiaba del equipo de música sobre la cabecera de mi cama, alcancé a divisar el rostro de Marcela contraído de placer, mientras por su boca abierta se escapaban suspiros y gemidos.

De todo lo que ocurrió luego, esa noche, y hasta caer rendido por el sueño, diré como otra canción de Sabina:

“…Y después, para qué más detalles,
Ya sabéis, copas, risas, excesos.
Cómo van a caber tantos besos
En una canción…”

La luz del mediodía me dio de lleno en los ojos. Marcela, no estaba en la cama. Miré a mi alrededor y no vi ninguna señal de su ropa. Tampoco encontré ningún mensaje.

Pasaron varios días sin que recibiera alguna llamada suya ni que la voz mecánica en su teléfono dejara de repetir aquello cargante de “nuestro cliente tiene su teléfono apagado o se encuentra fuera del área de servicio”.
En un principio, encontré que su desaparición podía ser algo normal
A lo mejor, quedó loca con tanto sexo -me dije
¡Claro que sí, supermachote! –exclamó una voz burlona en mi cerebro.
Con el pasar de los días, me empecé a llenar de rabia. Aunque, por otra parte, casi todos mis yoes me repetían que entre Marcela y Miguel no había otra cosa que emociones en el aire, chácharas geniales y un polvo fabuloso.
¿Qué más tienes con ella? –preguntó alguien en mi cabeza en un tono cargado de ironía ¿Acaso crees que son…novios?
De tanto pensar y darle vueltas al asunto, se me vino a la mente la sentencia de otro de mis gurús favoritos

“…si te enamoras de la persona equivocada, no intentes cambiar eso con tu cabeza. Una idea no borra a una emoción, apenas la modifica. Sólo otra emoción es capaz de reemplazarla y hacerla desaparecer…”

Esa revelación, me hizo montar la bicicleta y tomar el rumbo hacia la casa de Marcela.
Lo que tenga que ser que sea y lo que cague que cague –me dijo la voz
Todo estaba muy quieto en la casa y nadie respondió a la puerta después de timbrar tres veces. Esperé un rato sentado en un escalón, pero nadie apareció.
Regresé al día siguiente y ocurrió lo mismo. Pero, y justo cuando ya iba a subirme a la bicicleta, un coche descapotable se estacionó frente a la casa y pude reconocer a la madre de Marcela.
Agitó su brazo desde el coche
¡Hola! –exclamó jovialmente- ¿Buscas a Marcela?
Me sorprendí que supiera tal cosa. Y justo cuando le iba a decir que sí, la doña ya venía con su mano extendida.
Al saludarla, recordé la primera y única vez que le había dado la mano y, nuevamente, sentí la suavidad de su piel y esa forma de apretar, entre cálida y sensual.
Miguel ¿verdad? –dijo la dama al tiempo que metía la llave en la cerradura y un incitante perfume se colaba por mis fosas nasales. Las bellísimas redondeces al final de su espalda me hicieron pensar que las razones del delicioso trasero de Marcela estaban justo frente a mis ojos…
Jajaja –rió ella, mientras me hacía el gesto de seguirla, y no supe qué pensar de su reacción
Había varias cajas de cartón dispuestas en el hall. La doña hizo un rápido conteo de ellas y luego se dejó caer en el sofá de la sala
¡Son demasiadas! –exclamó con cierto fastidio- Tendré que conseguir algún transporte
De pronto, me clavó la mirada como si recién me descubriera. Sus ojos esmeraldas tenían ese brillo excitante de la mujer madura que se sabe guapa y atractiva.
Miguel, parece que tú no estás enterado que Marcela se fue a los Estados Unidos
A pesar que en mi fuero interno yo presentía una cosa como esa, la noticia me remeció
¡Guau! –pude exclamar- La verdad es que no tenía idea ¿Y cuando fue que partió?
En ese momento, sentí un cosquilleo en el estómago y el típico recogimiento de mis óvulos colgantes cuando el sexto sentido me dice que algo no está bien.
A ver, déjame calcular…Hoy, es Jueves…mmmmm…-se contó los dedos de una mano- Fue el Domingo… ¡Qué tonta soy! –rió- Mi cabeza anda un poco loca. Obvio que se fue el Domingo, porque el Sábado la invité a cenar y me dijo que tenía una fiesta de despedida…
Bueno –agregó- tú ya deberías saber cómo son estas niñas. Parecen estar siempre ansiosas de  irse a vivir por su cuenta.
Mi mente divaga entre emociones encontradas, recuerdos de sexo y el olor de la entrepierna de Marcela. También, sentía rabia y despecho…
En el aeropuerto, me dio apenas un beso de despedida –continuó ella rebuscando algo en su bolso- pero en los brazos de su novio sí lloró como una loca. Me pareció una exageración… -dijo finalmente.
Tuve una sensación horrible en el cuerpo. Algo así como una corriente de fuego que subía por mis piernas, me hacía hervir las tripas y se ponía a punto de explotar en mi cabeza…
¡¡Puta de mierda!! –gritaron todos mis yoes al unísono dentro del caos de mi cerebro

En ese momento, ella, se puso de pie y me regaló una sonrisa cómplice
¿Me acompañarías con un trago en la piscina? El día está exquisito para un chapuzón ¿No crees?
Hasta me pareció que sus ojos me regalaban una caricia.
¿Te sientes bien? –preguntó de pronto
Me puso una mano en la mejilla y luego en la frente. De sus ojos esmeraldas parecían brotar brillos traviesos
Mmmmm, no tienes fiebre –dio media vuelta y se dirigió al interior de la casa.
¡Vamos! –exclamó-  un chapuzón te refrescará la mente y tal vez…las emociones
La seguí como un autómata. Las neuronas de mi cabeza parecían seguir mascullando rabias e insultos…
En el closet de allí encontrarás varios trajes de baño –dijo, señalando con el brazo extendido hacia la entrada de una habitación.

Cuando crucé el umbral de la puerta y salí al jardín, la señora madre de Marcela (cuyo nombre no puedo recordar) estaba recostada en una reposera. Ni diré que me quedé petrificado. Tampoco remarcaré que el calvo de mi entrepierna se endureció instantáneamente. Sólo diré que se veía ¡esplendorosa! y que todas mis neuronas enrabiadas, todas mis tripas revueltas, todo el despecho y la frustración…¡se disolvieron al instante!
Ella, me vio venir y me regaló una sonrisa encantadora. Sus ojos achinados recorrieron mi figura
Me gusta –dijo, y volvió a sonreír- te sienta bien ese traje de baño
(Casi le contesto que a ella el bikini le quedaba como para creer que el papá de Marcela era el viejo hijo de perra más idiota del mundo)
 Acto seguido, me señaló el frasco de loción para el sol sobre la mesita donde también estaban dispuestas las botellas, los vasos, el hielo y todo lo demás.
Ponme algo de eso en la espalda ¿ya? –dijo y se dio vuelta.
¡Guau! –pensé, mientras ponía un poco de loción en la palma de mi mano, al tiempo que mis ojos devoraban el paisaje de un trasero hecho a mano y una piel perfeccionada por años de cremas francesas y expertos masajes suecos…
No pienses demasiado –dijo ella de pronto- Relájate. Todo está perfecto. Nadie vendrá por aquí en una semana. No tienes nada de qué preocuparte…
Me invadió una sensación deliciosa.
Mis manos, sin el menor temblor, esparcían la crema por una piel suave, firme y elástica. Recorrí toda su espalda hasta que mis dedos llegaron justo a la curva donde empieza la gloria…
Mmmmm…¡qué rico! –dijo ella





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