The Guilty One

The Guilty One

Los Ángeles de la Guarda no viven en el Cielo

por Alien Carraz


Parte 1

      Si hay alguna cosa extraordinaria -entre muchas otras- que me ha ocurrido en la vida, convivo con una que se puede entender desde la perspectiva de mi madre cuando me decía -en un tono que casi parecía reproche- “¡Qué suerte tienes! ¡A ti te protege un ángel de la guarda con unas espaldas gigantes!”. Se refería a todas las circunstancias incomprensibles que transformaron a mis repetidos accidentes con perspectivas fatales, en mínimos percances con una que otra magulladura, algún corte o un prominente “chichón” que exhibir por un par de días.
¡Nadie sabe cómo no te mataste!, habría dicho mi padre como tantas otras veces.

      A la fecha, me he salvado de chocar, de ser asaltado, de caer por un precipicio, de matarme escalando una montaña, de ser asesinado por un sicario, e inclusive, de hacer cosas absolutamente perniciosas para mi salud física y hasta económica. En algunas, ha sido mi intuición o la percepción extrasensorial o el sexto sentido, los que me han dado el aviso de no seguir adelante con algo que me habría puesto, irremediablemente, en una situación de peligro. Pero, en la mayoría de las veces, ha sido algo que no acierto a vislumbrar ni comprender, lo que me ha llevado -obligadamente- o a cambiar de rumbo o a buscar por otro lado o a detenerme abruptamente en el camino.

      No cabe duda que el pensamiento posee una energía capaz de atravesar cierta distancia afuera de nuestras cabezas. Es una forma de telepatía, aunque, no alcanza para transformarse en diálogo en la mente del receptor, pero sí para hacernos “sentir” la energía del pensamiento del otro. De hecho, los pensamientos que salen de mi mente cuando concentro mi atención en alguna persona, invariablemente, harán que ésta se dé vuelta a mirarme o al menos a darme una ojeada si es que posee una personalidad tímida o algo por el estilo. Lo mismo me ocurre cuando voy manejando, y el lado idiota de mi mente (que no le gusta que me adelanten) se concentra en el que viene atrás. Casi siempre, voy a lograr que el conductor reaccione e intente -por todos los medios- adelantarme. Incluso, haciendo actos tontos o corriendo riesgos innecesarios.

      Ni qué decir de una chica hermosa caminando al otro lado de la calle con un trasero espectacular que se contonea al ritmo de mi excitación, con mis ojos clavados en él. Indefectiblemente, ella se dará vuelta para buscar con la mirada desde dónde viene la energía que la pone nerviosa y que, de seguro, la habrá de sentir también en el trasero.
Sin embargo, aquello que está detrás de mi salvación de toparme con asuntos inconvenientes o peligrosos, no parece pertenecer al ámbito de la intuición sino que, derechamente, parece ser una fuerza externa, una energía que no es propia, que no viene de mi cerebro, y que me obliga a cambiar el rumbo de mis intenciones. Un ejemplo típico de esto que me sucede es cuando las cosas que intento alcanzar se niegan a ponerse a mi alcance y, a pesar de todos mis esfuerzos por vencer los obstáculos que se interponen (inclusive algunos que parecen ser parte de una maldita conspiración) no logro conseguir mi objetivo, pero sólo para descubrir que aquello por lo que luché con tanto afán y que me hizo pasar tantas rabias no alcanzarlo, no sólo era un error, sino también, no me convenía por ninguna parte o era hasta malo para mi salud o mi economía.

      Y no hablo de algo que ocasionalmente me haya ocurrido, sino de una circunstancia que se ha repetido y se repite constantemente en mi vida. De hecho, he llegado a concluir que en alguna otra dimensión paralela hay fuerzas, entes, personas o algo, que mueven una parte de los hilos que sostienen mi vida para evitar que yo me vaya por el despeñadero, o sufra en algún accidente del tránsito, o me ocurra una desgracia por mi incapacidad de ver el verdadero propósito de otras personas, o sufra la oscura realidad de un negocio o de un plan que me parecía fabuloso, o incluso, para salvarme del error de la receta de ciertas pastillas que parecían ser lo mejor para la sanación de alguna parte afectada de mi organismo.

      En el caso de las pastillas (y si estas no son las que debo tomar), invariablemente, mi mente olvidará que las tengo o me acordaré de ellas cuando esté en otro lugar. Siempre tendré una sensación de desagrado cuando me las lleve a la boca, y por más empeño que le haga para recordar tomármelas, ocurrirán cosas extrañas e insólitas que me lo impedirán.

     Desde niño he buscado respuestas y he leído libros de todo tipo que pudieran tener alguna relación con esto. Desde escritos astrales, religiosos, filosóficos, místicos, Rampa, Hesse, Gurdjieff, la teoría akásica del Todo, el chamanismo de Castaneda y otros caminos del conocimiento que aportaran para abrir la mente hacia el interior de los mundos mágicos de la vida como parte del Todo, y viceversa.

      En un principio, y por el hecho de pertenecer a una familia católica y estudiar en colegios de curas y hermanos maristas, me vi forzado a seguir los lineamientos religiosos, y aunque intenté conectarme con la Biblia, con el Cristo en la cruz y con los rituales del catolicismo, nunca pude sentirme verdaderamente cómodo adentro de una iglesia, ni confesando mis pecados, ni creyéndome perdonado después de rezar los recetados padrenuestros y avemarías, como tampoco podía percibir la más mínima señal del cuerpo de Cristo a través de una ostia en la boca.

      Sin embargo, tuve episodios de “comunicación divina” en algunos actos desesperados por conectarme con Dios y en los únicos momentos en que fui capaz de despojarme absolutamente de cualquier rastro de mí mismo y me entregué en cuerpo y alma a las emociones de una comunicación absoluta con algo que, a pesar de llamarlo Dios, no tenía imagen, forma, ni era Cristo, ni era nadie. Fue como penetrar en un hoyo negro cósmico y fundirme con una energía reveladora.



Parte 2

     Así, por ejemplo, me pasó una vez en Panamá, cuando, con la fanfarronería que acompañaba casi siempre mis presunciones de adolescente sabelotodo, me ofrecí para reparar un auto que tenía problemas de arranque. Tras revisar todo (lo que lograba entender) me ufané de haber dado con el problema: mi teoría indicaba que había que cambiar bujías, platinos y condensador. Algo que sabía hacer a duras penas y que, según creía, no me tomaría mucho tiempo. A las 6 de la tarde recibí los repuestos, quité los defectuosos y puse los nuevos. Revisé que todo estuviera ok y le dí arranque.

      A las 3 de la mañana, había sacado y vuelto a poner las piezas incontables veces. Cansado, enrabiado y confundido, sin poder entender cuál era el problema, con varios nudillos rotos por golpearme los dedos con tanto aflojar y apretar tuercas en la penumbra, y con el orgullo hecho trizas (tras varias visitas del dueño del auto repitiéndome que lo dejara y que me fuera a dormir), me puse de rodillas en el baño y le pedí a Dios que me ayudara. Evidentemente, lo hice de la manera habitual que lo hace un chico bobote, como cuando le pide al padre algo pensando más en obtener lo que quiere que en conectarse con él.

      A las 4 am entré en una etapa de desesperación absoluta en la que ya no había nada que me conectara con mi orgullo y con algún vestigio de la “estupidez humana” que era el estandarte conque yo iba regularmente al frente (y a los tropezones) abriendo los caminos de mi vida. Sencillamente, me desmoroné y volví a caer de rodillas. Esta vez, me arrebató un llanto profundo y desgarrador; desapareció de mí todo rastro de “dignidad”, y mientras sollozaba abiertamente postrado en el suelo con mi cara entre mis rodillas, “vi”. Con toda claridad, supe dónde estaba el problema. Me levanté, y, calmadamente, como si yo fuera otra persona, saqué el condensador nuevo y puse de vuelta el usado. El coche, arrancó al primer intento.

      Hace un tiempo, y durante muchos años, acostumbraba yo a tomar ron diariamente y fumaba media cajetilla de cigarrillos entre el primer y último trago. Esa era mi rutina de hombre soltero viviendo en una cabaña en el campo a orillas de una laguna. Terminada mis faenas, y apenas caía la noche, me refugiaba en la cabaña, bebía y fumaba con la absoluta certeza de que lo estaba haciendo muy bien, porque así evitaba salir y recorrer varios kilómetros para juntarme con amigos o ir a algún bar y regresar luego de madrugada arriesgando una detención por ir al volante muy por arriba de la norma de la ingesta de alcohol, o también, con la posibilidad más que latente de sufrir algún accidente. De hecho, varias veces me salvé por un pelo.

      Cada día, y antes que oscureciera, mi mente, mi boca y mi garganta ya estaban listas para el primer ron. Algo, que también era indispensable para poder encender mi primer cigarrillo. Sin embargo, un día cualquiera -cuatro años atrás- noté que el sabor del primer ron de aquella noche tenía un gusto extraño que no me resultó nada de agradable. Me tomé mi cuota diaria a duras penas y sólo por la razón de una porfía que tenía que ver con lo mucho que me aburría estar solo en mi casa cuando la oscuridad se apoderaba del ambiente. 
Para mi sorpresa, ese gusto raro y desagradable del ron volvió a repetirse en la noche siguiente.
En la botillería, le expliqué al encargado acerca del problema con ese ron y le señalé que seguramente era una partida que venía con mal sabor. El hombre, con una amabilidad a toda prueba (un comerciante que sabía reconocer a un buen cliente) me ofreció otro ron cubano “¡buenísimo!” y con un 50% de descuento para mí.

      ¡No lo podía creer! El maldito ron buenísimo ¡sabía igual de mal que el otro! Apenas pude pasar un trago y a la noche siguiente me pasó lo mismo. Por miedo a que en la botillería me dijeran que yo estaba puro jodiendo con el asunto del ron, me fui a un gran supermercado. Allí, la oferta de rones era una cosa de locos. Había cubanos, dominicanos, puertorriqueños, jamaiquinos... Sin embargo, una parte de mí me enviaba señales que me hacían sentir intranquilo. Asumí, que ese desasosiego tenía que ver con que no quería equivocarme nuevamente. Así que, hablé con una supervisora del supermercado, la que me consiguió la asesoría del encargado experto de la sección de alcoholes. El hombre, me dijo que no había otro mejor ron que un Havana Club, añejo reserva, aunque -me explicó- hay otros que le costarán una fortuna, pero que, para mi gusto, son puro marketing.

      Aquel día, me preparé para disfrutar de un ron de película. El sol parecía porfiar con quedarse a iluminar más horas de las previstas y el ocaso se demoraba una eternidad en hacerse presente. En mi mente, divagaba la idea -algo tormentosa- que lo mío podía ser alcoholismo. Finalmente, destapé mi ron séptima maravilla, puse los 3 hielos en el vaso especial para tragos largos, vertí una cantidad precisa del delicioso líquido espirituoso, le introduje la correspondiente rodaja de limón y, finalmente, le agregué suavemente la coca-cola hasta alcanzar ½ centímetro del borde del vaso, que es la medida adecuada que nos permite revolver el trago, haciendo girar los hielos con el dedo índice y sin que se nos rebalse el elixir.

      ¡No podía ser cierto! ¡El HdP ron me sabía igual de mal que los anteriores! Mi mujer, una sabia santa que nunca ha dejado de acompañarme y consentir mis vicios, no intervenía en mis delirios y sólo sonrió cuando le conté de mis estrafalarias aprehensiones acerca de los malditos rones. A saber: que ya no salían tan buenos, que a lo mejor eran falsificados, que ya no los hacían de origen, que me habían metido un gato por liebre y que “lo mejor que podía hacer era ¡dejar el ron y cambiarme al vodka!”.
El delicioso vodka tonic, hecho cuidadosamente con un Stolishnaya Gold, ¡tenía el mismo sabor horrible de todos los malditos rones!

      En ese instante -y como un flash de la cámara fotográfica- tuve un despertar de consciencia. Una conexión reveladora. Fue como si me hubiesen inyectado un entendimiento al interior de todas mis 80 mil millones de neuronas
Mi Ángel de la Guarda (el espíritu) me aplicó todos los trucos posibles para que YO, el tonto, finalmente tomara consciencia. Pero (corro el riesgo de sonar repetitivo) “tomar consciencia” no es una cuestión de simplemente “darse cuenta” al interior de la cabeza, sino se trata de una revelación profunda que ocurre al unísono en la mente, el corazón y el cuerpo: una metamorfosis.
El amor es así. La tristeza del alma es así. La felicidad también lo es. Es un despertar.

      El Ángel de la Guarda, es el espíritu que nos habita (no digo adentro de nosotros ni aseguro que afuera) y que constantemente nos envía señales reveladoras. El ejercicio de saber oírlas es lo que muchos hacemos a veces, y lo que otros hacen cotidianamente. Como aquellos que observan las señales del cielo y entienden perfectamente que en 3 días más lloverá. Orar, mecánicamente, no es el camino para ver las señales, es sólo una vía para pedir prestado.

      Las experiencias vívidas de “algo” esquivando mi camino hacia una muerte segura, me empujan a imaginar que debe haber alguna razón para ello. Como si me hubiesen incluido en algún plan o fuera yo parte de algún propósito.
Entendiendo que no soy nada diferente a nadie ni tengo ninguna gracia especial ni una mente para la posteridad (¡já!) y que he hecho más cagadas que otra cosa. Por lo tanto, me cuesta creer que yo esté incluido en algo y que sea necesario protegerme de mí mismo para llegar a la cita con algún destino predeterminado.


      Más allá de cualquier conclusión, el “trabajo” de mi Ángel de la Guarda sirvió para que –de un día para otro- este servidor y porfiado vicioso, dejara de consumir alcohol y abandonara completamente el cigarrillo.



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