The Guilty One

The Guilty One

De las Mujeres que les Gusta Enseñar las Tetas, y (dizque) les Carga que se las Miren

por Alien Carraz

    A sabiendas que las mujeres son personajes inverosímiles, me he pasado, digamos que el 80% del total de mi vida, enamorándome de ellas. A simple vista, pareciera que la ecuación no me permite superar un cierto estado de cachondo consuetudinario, algo que ha invalidado absolutamente mi capacidad para despegar los ojos de las partes blandas (en constante bamboleo) y de otras zonas erógenas de las muchachas de buen ver que dedican gran parte de sus vidas a la conquista de las miradas masculinas con el fin de verse reflejadas en el espejo de nuestras pupilas y/o aunque sea para puro vernos las caras de babosos que ponemos cuando lo que vemos -con tanta detención y descarado disimulo- nos aumenta progresivamente la producción de testosterona y nos lleva de un golpe a lo tenso, rígido y erecto...


...una condición masculina que tiene sus raíces en épocas pretéritas, cuando el hombre era capaz de oler el celo femenino a muchas leguas de distancia, y no había ninguna de las restricciones éticas, morales y legales que rigen hoy en día el derecho al sexo al aire libre, y donde todo se hacía “a lo perrito” mientras ella le jugaba a la que recogía cosas del suelo o bien él la sometía de un leñazo antes de entregarle todo su cariño, o quizás le aplicaba otra cualquiera de las bestiales formas de hacerlo, que, en estos tiempos que corren, y sometidas a las antojadizas normas del código civil y penal, resultan imposibles de practicar sin que la policía nos violente el libre albedrío. Incluso, nos puede suceder aquello que nos relata un gran comediante uruguayo, el que justamente sufrió la ciega embestida de la ley: “En Acapulco, conocí a una muchacha encantadora con quien me divertía muchísimo en la playa enseñándole a nadar, hasta que llegaba la policía y nos mandaba al agua”.
      Hace algún tiempo, y mientras vivía en una exótica isla del Caribe, tuve una experiencia con esas típicas y contradictorias pistas que nos envían las mujeres, y que nosotros, en nuestra inconmensurable incapacidad de entender los códigos de la femineidad, confundimos sus mensajes con otras cosas, vislumbramos sus señales al revés o nos rendimos al pleno convencimiento que ellas están locas de atar y que lo único posible por hacer es aplicar aquella vieja premisa salida de algún Platón pajarón: “...A las mujeres, no hay que entenderlas, hay que quererlas no más”.
      Cuando me puse en la fila del banco para un maldito trámite cargado al papeleo, pude notar que los clientes que venían de ser atendidos por la funcionaria de la ventanilla 4 (la que parecía tener una mirada áspera y severa) pasaban frente de mí con evidencias de haber tenido algún encuentro extravagante con la susodicha. Coincidentemente, me tocó la ventanilla 4. Al pararme frente a la empleada del 'Servicio al Cliente', me di de bruces con un escote fenomenalmente generoso, y mis ojos se quedaron clavados en un hermoso par de glándulas mamarias expuestas en casi todo-todo su esplendor. Tanto así que, de inmediato, añoré, ansié y deseé intensamente revivir mis tiempos de bebé de pecho y empezar a alimentarme por cualquiera de las dos.
      La cajera, alzó la vista y me clavó un par de dardos venenosos color celeste que me llegaron directamente a la médula. La miré como quien mira a una monja carmelita camino al convento, pero la funcionaria pareció no tragarse el cuento de mi mirada prístina e inocente, ni bajó la intensidad de unos ojos cargados de severidad y ¿reproche? En ese instante, recién me vine a dar cuenta del resto de su figura. Era una chica hermosa, de piel muy blanca, ojos celestes, pelo castaño y un cuello largo y estilizado que terminaba en un divino par de tet...
     ¡Buenos días! ¿Qué desea? -dijo ella con esa mirada feroz que daba cuenta que todos los hombres parados frente a ella, le miraban las tetas y ¡nada más que las tetas!.
Casi le respondo que con media hora entre sus glándulas me haría feliz, pero reaccioné a tiempo para indicarle mis necesidades bancarias, mientras ella, a duras penas contenía su ¿indignación?.
Cada vez que se movía o se giraba para sacar un papel o timbrar otro, mis ojos devoraban sus redondeces y, de vez en cuando, su mirada ¿asesina? se clavaba en la mía acusándome de algún crimen, alguna felonía o quizás ¿de alguna violación a la intimidad de sus tetas al descubierto?
      Finalmente, me entregó los papeles timbrados con un ¡Qué tenga un buen día, señor!, acompañado de otra mirada criminal y un par de tetas escandalosamente besables. Al pasar frente al guardia camino a la salida, éste me lanzó una sonrisita cómplice acompañada de unas levantadas de cejas. Ya en la calle, me detuve frente a las puertas del banco a mirar el ir y venir de la gente, especialmente el de las mujeres. En ese instante, no me topé con ningún escote que tuviera ni mostrara lo suyo con tanto esplendor y grandeza como aquella funcionaria de la ventanilla 4. Pensé en el encargado de recursos humanos del banco, en el gerente y hasta en algún miembro del directorio. ¿Quién de todos ellos será el feliz desgraciado que juega al cuchi cuchi con ese par de tetas?, me dije, aunque luego me dio risa pensar tanta tontera.
De pronto, vi venir directamente hacia mí a un trío de chicas con una rubia de esas que salen en la publicidad de las marcas de shampoo, arropada con un short diminuto y una blusa abierta que dejaba al descubierto unas pechugas capaces de alimentar a los bebés hambrientos de toda África. 
      A lo mejor, fue mi cara de incredulidad (por la dimensión mamaria sacando chispas de mis ojos), o quizás, fue el reflejo de asombro en mi boca abierta, lo que la hizo mirarme con un gesto de simpática coquetería, y hasta me regaló una sonrisa y un saludo, justo en el momento en que las tres pasaban parloteando alegremente a mi lado.
Hi! -me dijo
     Me quedé mirando el delicioso bamboleo de los traseros de las chicas mientras se alejaban. El saludo de la rubia, me hizo pensar en las diferencias de actitud que hay entre una gringa y una latina de las nuestras. Mientras la cajera exhibía abiertamente sus cosas, a la vez que simulaba rabias y ofensas por las miradas de los hombres (aunque en su interior disfrutaba del impacto que provocaban sus tetas), la gringa me daba las gracias con su hi! por hacerla sentir hot y deseada. Sin embargo, pareciera que a los latinos nos domina un cierto grado de calenturienta bobería, muy propia de quienes disfrutamos y sufrimos de la exótica mentalidad de nuestra mujeres, las que se debaten entre el ser y no ser o en un ¡déjame, pero no te vayas!, y que nos enseñan una buena parte de la anatomía exquisita que les recubre los huesos, pero siempre con esa mirada fiera, ese reproche, esos ojos chispeantes, ese temblor, ese desprecio, ese mohín insolente, ese qué se yo tan propio de ellas (las tontas), y que nos hace hervir la sangre y endurecer el músculo.


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