The Guilty One

The Guilty One

Chile, un país de porquería

Capítulo 1 (de cientos)

The Chilean Bull Shit

      Para vivir la experiencia de lo que significa la ley en Chile, tan sólo es necesario -entre otras cosas- ser un jugador de un equipo profesional de futbol, como Cristóbal Vergara, del Club Deportes Temuco, dejarse llevar por un arrebato de furia -tras ser expulsado injustamente de un partido, según dice- y darle una desahogadora patada a una puerta del camerino.
 
      Un gesto de rabia tal como el que ya me ha costado varios implementos decorativos, juguetes y otros objetos ornamentales que, estando instalados en el camino o en la periferia de las rabias de mi hijo Juan Miguel, recibieron enrabiados puntetes y se transformaron en chatarra plástica.

      La diferencia está en que a mi hijo le he castigado con lo típico que hace un padre que conoce de futbol, de patadas, zancadillas y codazos: una tarjeta amarilla, que alcanza para la tarde siguiente sin x-box, para una conversa que aclare los pormenores del arrebato y para un abrazo cariñoso que re-confirme que un padre tiene que hacer de guía, juez y parte, pero que el amor es todo y está siempre primero.

      Sin embargo, y para sorpresa de nuestro futbolista (y de los chilenos todos), a la salida del camerino le esperaba una pareja de carabineros para llevarlo a enfrentar a uno de esos dioses de pacotilla que calientan los sillones de los tribunales donde se dictan las sentencias y muchos de los fallos surrealistas que le toman el pelo a la ley, a la gente y a los recursos que genera la misma gente para que en Chile exista la justicia tal como debe de ser. Pues, resulta que a Cristóbal lo hicieron pasar una noche en la cárcel por los rayones que su enrabiado puntapié le produjo a la puerta del camerino, y además, le cobraron 100 mil pesos por ¡los daños! a una puerta que, con suerte (más su enchapado en madera nativa de cholguán) podría costar 15 mil.

      Claro que como esto es Chile, no faltará algún rey de la jurisprudencia en niveles eclesiásticos que nos quiera hacer un gol de rabona con aquello de que es una multa por su acción y no por el valor de la puerta. Una truculencia muy propia de los que observan el mundo a través del ojo mágico y con la oreja pegada a la puerta que da al pasillo donde circula la gente que de vez en cuando se deja ir por sus emociones para gritar al cielo o escupir improperios o darle un puñetazo a la pared y así desahogar sus cotidianas frustraciones en las colas que dan al Metro, al Transantiago o a los servicios por pagar que cobran cosas que siempre suben y que no se entienden; como ciertos contratos de arriendo que traen páginas de verborrea leguleya y truculenta que nadie lee (porque aunque lo re-lea no le alcanzará para descifrar la jeroglífica ambigüedad).

      Tal como se aplica la ley en Chile, para algunos jueces asaltar a descuidados ciudadanos honrados que trabajan de manera idem para sostener a sus familias, es tan indecente como patear la puerta de un camerino. 



Capítulo 2

Shut up and pay!


      Los que negocian, dictan y generan leyes, normas y reglamentos en Chile también se han encargado de arrinconar a otros chilenos que son algunos de los que no pueden llegar puntualmente a sus trabajos por culpa de las repetidas fallas estructurales de la circulación en las calles y en los sistemas de transporte que se desplazan por encima y por debajo de esas mismas calles del "gran" Santiago. Claro que, no falta el cándido despistado que quiere llevar pruebas fotográficas para que en la oficina sepan que no llegó tarde por culpa suya, y aplique la idea tonta del día tomándose un selfie que inmortalice su forzada inamovilidad en medio del despelote al interior del Metro.
    
      Alguna persona que a lo mejor fue asesor de la política del perseguido marítimo de Evo Morales, o quizás de la paranoia anti yanqui de Maduro, fue el que tuvo la idea de que se prohibiera a cualquier chileno tomar una foto y/o hacerse una sefie en el Metro. Un concepto de ¿seguridad? que refleja la insensatez a todo ritmo que abunda a raudales en la cabeza de los que quieren reglamentar futilidades en medio del caos de la sobrepoblación y la ineficiencia orgánica y operacional de los servicios como el Metro, el Transantiago, además de los hospitales y un largo etcétera, conque diariamente los chilenos tienen que lidiar dentro del enorme taco de pagos y papeleos que significa -en este país- hacer casi cualquier gestión.

Si la Subsecretaría de Telecomunicaciones nos señala que en Chile hay más de ¡24 millones de celulares activos!, quiere decir que de los 2.5 millones de personas que circulan diariamente por el Metro, hay más de 2.5 millones de cámaras fotográficas que, si quisieran, podrían tomar foto tras foto sin que nadie se enterara. A nuestro espontáneo fotógrafo inprofesional se lo llevaron preso por una foquin foto...¿Habráse visto pendejismo que mejor despliegue la burocrática estupidez de algunos que se hacen de sueldos que superan largamente al mínimo que ganan los que se las arreglan digna y endeudadamente para subsistir con él?

      Al día de hoy hay mamarse una cola infame para pagar 90 mil pesos por un pasaporte al que el Registro Civil le aumentó su valor en un 83% de un zuácate, tal como la repentina demanda de la María cuando le dijo a mi madre “Señora, yo no le trabajo un día más si no me adiciona un emolumento digno”. Mi mami se quedó petri. ¿Emolumento? ¿Qué quieres decir? replicó con los ojos chispeantes ¡No se me le haga, señora! soltó la Mary con sus manos crispadas en la escoba. Finalmente, la entrañable temucana fue despedida con viento fresco y se mandó cambiar tan digna como indignada mientras mi madre gritaba improperios en contra de carabineros, los mapuches, el ministro del interior y especialmente en contra de Huenchumilla ¿o era Huenchamullo?

      Con un sueldo mínimo promedio de 900 mil pesos, los gringos pagan en USA el mismo valor que se paga en Chile por un pasaporte donde el salario mínimo es de 225 mil pesos (con suerte y la buena voluntad y decencia de algunos empresarios). O sea, los del sueño americano invierten el 10% de sus ingresos mensuales en la obtención del pasaporte, mientras que “los más pudientes y astutos de América Latina” (según la Chilean Bullshit Corporation del imaginario popular criollo) se ven obligados a gastar el 40% de su sueldo en el maldito documento. Es decir, la mayoría de nosotros tendrá que obtener dos préstamos para cumplir con el sagrado rito de irse un rato a la cresta para descansar de los abusos generales del sistema (llámese vacaciones). Uno, para pagarse el viaje y el otro para pagar el reputísimo pasaporte.




Capítulo 3

Nothing personal, only business!



      Después de pasar por la vejatoria experiencia de ser los “chilenitos” por siglos en la agenda despreciativa de los obnubilados argentinos de otros tiempos, y por aquello de esas cosas raras de la naturaleza que modifica y metamorfosea todo, aquellos mismos chilenitos se mandaron una escalada económica brutal (como una cumbre al Everest con gorro boliviano y a pata pelá), mientras que los de Martin Fierro se fueron abajo en la rodada y terminaron en la desolación de corralitos y desnutriciones, con el orgullo hecho mierda y la moral hecha pedazos. De ahí en más, los de este lado de la cordillera se subieron por el chorro y pasaron a ser los líderes del cono sur, los maestros de la economía, asesores y capos de la administración financiera del Estado en el extranjero.

      Un logro que, en vez de servir, por ejemplo, a los fines de la justicia social y la equidad en salarios, jubilaciones y beneficios laborales de los trabajadores, sirvió para la proliferación de nuevos ricos, para fomentar las desigualdades, para el surgimiento de una chilenidad arribista y arrogante, como también – y entre otras tantas cosas colorinches y poco agraciadas- sirvió para desatar la pasión y el fervor por el consumismo.

      Ya no queda la menor duda que hoy, Chile, es un país de porquería. Y lo digo con toda la desazón e ironía que puede sentir alguien que ama a su país a su manera, pero que no está dispuesto a tolerar que todo se esté yendo a la cresta por una pura cuestión de plata, de corruptos estacionados -disimulada y descaradamente- en doble fila, de intolerables incompetencias ministeriales, de ingenierías comerciales a cargo de establecer las normas para que grandes multi-tiendas y empresas de servicios exploten impúdicamente a sus usuarios con cobros usureros y técnicas de mercado propias de una anarquía despiadada que no trepida en sacarle ventajas a todo lo que cae entre sus manos. 

      La mentalidad del negocio sostenido en la codicia y la publicidad indigesta y mentirosa, es la práctica común de las empresas chilenas que -al igual que en la política- no tienen la más mínima vocación de servicio, porque se parte de la base que la ley del mercado es la búsqueda del beneficio sin importar el modo ni la forma, ni mucho menos la ética y tampoco las necesidades ni las capacidades económicas sustentables de la gente. Es decir, la ceguera y la avaricia de las empresas es tal que se pasan por el aro que sus políticas de mercado terminen estrangulando económicamente a mucha gente, a las víctimas, a los mismos idiotas consumidores (de las 225 lucas mensuales y un séquito de tarjetas de débito y crédito, con un lastre de préstamos chuteados para adelante) que son los que les “dan de comer” a sus mecánicas ventajistas y especuladoras.

      La maquinaria del consumismo es el monstruo impenitente que ha forjado el purgatorio del “sueño chileno” gracias al aporte -sin asco ni estómago- de la publicidad, el marketing y la televisión. Herramientas impúdicas que aman el oro y las ganancias, y que desconocen la ética fundamental y los principios que rigen las leyes del beneficio para todos.

      Claro que en el adn del homo sapiens está impreso que la lucha por la vida se rige en el principio de sobrevivencia que domina la naturaleza toda. A saber: el más fuerte se lleva la mejor presa, el más cabrón se lleva la mejor mina, el que le saca la cresta a todos es el jefe, el más pillo es el más inteligente, el que más mata es el mejor guerrero, y así. En ninguna parte del éxito dice que el más buena gente es el que tiene más posibilidades de ser rico. O que el más buen chato se lleva la mina más deliciosa y buena para el webeo. 

      Es que el hombre es el único animal que se contrapone a su adn. Mientras la madre natura nos da lecciones fundamentales para el equilibrio de la existencia de las especies, los sabios y/o hechiceros humanos a cargo de esculpir las leyes del orden (o el caos organizado) y la convivencia en sociedad, se enfrascaron en la desconchinflada tarea de des-inventarlo todo, moralizarlo todo, disimularlo todo, doble estandarizarlo todo, y lo único que lograron cimentar (junto con pichulearse a la plebe conque con sacrificios humanos se podría salvar al mundo de la oscuridad...en un eclipse) fue una jauría voraz e insaciable de ricos y alfas, y una manada gigantesca de pobres y mansos.

      Una masa uniforme de desiguales que a través de los siglos se fue transformando en lo mismo, pero arropado con toda clase de tecnologías y adminículos útiles para el confort, la diversión y el consumo o para la observación con los ojos húmedos a través del cristal de las vitrinas. Nada ha variado allá adentro en la consciencia del ser humano y su relación con lo desconocido, que es casi todo lo que siempre ha estado en su imaginación, en su espíritu, y al interior de sus emociones. La fe es el único camino viable para sus ancestrales inquietudes sobre su circunstancia y los distintos dioses que sirven de remanso (y placebo) a su incertidumbre y desvalidez individual. Interrogantes que también se extienden sobre su propio papel como especie aquí en el planeta Tierra, o sobre la existencia de otras civilizaciones en otros mundos.

      Amén de otras tantas cosas, claro está... 



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