The Guilty One

The Guilty One

¡Maldito Amor!

   por Alien Carraz   


      Según algunos estudios filosóficos y una serial de investigaciones científicas –de esas que no se quedan en la simple retórica de lo etéreo- el amor, en estado de enamoramiento, es un proceso biológico y psíquico de un cerebro inmaduro que lleva al hombre -y especialmente a la mujer- a confundir las claves fundamentales de la supervivencia para enfilarse directamente a través de un laberinto bipolar donde no se encuentra la salida ni con la ayuda de un guía especialista en mentes perturbadas y corazones rotos, o con la orientación de alguna brújula (de esas digitales) que lo llevan a uno casi en volandas a través del los pasajes más secretos, oscuros e intrincados.

      Aquel, “
amor”, es la perfecta falsificación humanoide del acto animal de “estar en celo”, que, a su vez, es, apenas, una clave de la reproducción en la supervivencia de las especies y no un maldito sentimentalismo cebolla para ser enquistado en la máquina emocional, en la piel o en las entrañas, y mucho menos, para relacionarlo con las profundidades del alma o con las sublimes alturas del paraíso y otros blablablases aún más cursis. Pablo Neruda, me condenaría a los infiernos por decir una cosa como esta. Pero ¿qué podría haber sabido un calentón sin remedio (tras mil mujeres) de lo que es el amor de la gente que da cariño sin pedir nada a cambio y que dedica sus mejores esfuerzos en construir un nido en la complicidad, y donde querer, cuidar y proteger es muchísimo más importante que escribir poemas universales para desahogar el alma propia envuelta en llamas, fantasías y delirios?

      Los que se conectan unos a otros en la casualidad y por la causalidad de la vida, tendrán que saber atravesar el laberinto del “
enamoramiento”, que no es otra cosa que un laboratorio de exaltaciones, que, si sirve para algo, es para edificar el temple que se requiere para sobrellevar la coexistencia en el amor verdadero, aquel sentimiento macizo de emociones maduras y pensamientos reflexivos; una mezcla estimulante y constructiva que nos vuelve sensibles, generosos, y muchas veces sutiles, delicados, y hasta buena gente.

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