The Guilty One

The Guilty One

De la Vista al Mar a la Copa América

por Alien Carraz
    
Parte 1
    
          Si hay algo que define a los “estadistas” de bajo calibre es esa manía compulsiva por acusar a sus detractores de ser aliados de algún imperio o miembros permanentes de alguna oligarquía o hijos predilectos de la clase media acomodada o miembros de algún club donde se pavonea la gente de modales burgueses y que tiene la costumbre de oler rico y comer cosas caras y deliciosas. A Evo Morales, no le gusta la gente de piel blanca, rubia y de ojos azules. En la clase media chilena estamos llenos de estos especímenes, y se les puede encontrar apiñados en manadas, por miles, en cualquier mall del sector Oriente o en los cajeros de las tiendas con patente de “chics” o en los eventos vaporosos de la socialité o en los restaurantes de nombres pretenciosos donde a uno le sacan un ojo de la cara por cualquier plato que le pongan al frente.
    
     Cuando Evo se junta con sus colegas de corte socialista recalcitrante (medio adaptados al libre mercado, y a regañadientes) con afinidades marxistas y protocolos propios del socialismo comunista de los años 70, la sombra de Chávez está siempre presente como el pajarito aquel que le trina al oído a Maduro. Los exabruptos de Morales en la disputa con Chile por una salida al mar, y con ello poner a bailar a una buena parte Bolivia en la odiosidades sempiternas, le desnudan los oropeles de un ego en el mediopelo junto a una visión periférica en la paranoia y en la búsqueda de pretextos que sirvan para enredar la madeja y sacarle lustre a su gestión -repetida hasta el aburrimiento- a cargo de los destinos de Bolivia.

     Una gestión que, al menos en lo diplomático, es la señal típica que aglutina los desplantes en los estilos presidenciales de Maduro, Fidel, Correa, Fernández, Ortega y otros de la misma ralea que se aferran a las oratorias tanto como a la venta de humaredas de esas que no dejan ver casi nada porque son densas, ardientes, enrojecen los ojos y hacen que la nariz se llene de mocos. ¿Quién puede -en tales circunstancias- tomar en serio unos discursos que están llenos de verborreas de manual, rabias prefabricadas y números azules que nadie sabe de dónde salen?

     Nuestra presidenta, es un encanto. Una señora digna, requete chilena, tan común y corriente que podría ser perfectamente la querendona de mi tía Euslalia o mi querida profesora Josefina Retamales o aquella  entrañable doctora, Hortensia Ramirez, que nos cuidó la salud desde potrillos y que compartía los almuerzos en familia con nosotros. Doña Michelle Bachelet, tiene el aire de una mandataria buena gente que nos quiere dar buenas noticias, pero que ha elegido entramparse en una cofradía de políticos y parientes directos con ansias de aumentar abrupta y solapadamente los caudales que llevan todas las riquezas directamente a sus cuentas bancarias. Una faena impropia de quienes viven pregonando las “leves” corruptuosidades de la política made in Chile frente a la de otros pagos. Algo que se contradice de manera escandalosa con el desfile de diputados y senadores en los tribunales de justicia mientras se les pavimenta el camino que les conduce a la cárcel o, al menos, a las firmas quincenales o los encierros con exclusividad de comida casera o pizzas por teléfono.

     Lo lamentable es que nuestra jefa y primera dama se ha dejado llevar por los malos cálculos de sus asesores y se ha pasado del sillón presidencial a las gradas del estadio Nacional con el proyecto de llegar al alma de la chilenidad y hacer de la Copa América el desodorante ambiental perfecto para tapar los hedores que emanan del Parlamento, de la Moneda y hasta de su propia casa. Un cálculo fallido hasta el estrépito, que le ha dejado con un puntaje del aplausómetro nacional en punto de un clap-clap en el repudio, desdén e indiferencia.

continúa

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