The Guilty One

The Guilty One

En la Búsqueda de Alienígenas Buena Gente

      por Alien Carraz


      Muchos, creen que viajar en el tiempo es algo imposible.  Una utopía absoluta que se enreda aún más con aquello de los malditos paradigmas. A saber: regresar en el tiempo y matar al abuelo (por dar un ejemplo extravagante). Aquello, se transformaría en un despelote incomprensible que nos dejaría sin posibilidad ninguna de hacernos de ese padre que puso la semilla en nuestra madre, para que a la postre todo resulte en esto que ya soy. Confuso, por decir lo menos. Algunos primerizos que se afanan en imaginar la invención de la máquina del tiempo, toman como punto de partida a sus delirios científicos la película “El Hombre Mosca”. Buscan teletransportar cualquier cosa.

      También, hay otros impúberes de la ciencia futurista que combinan estos esfuerzos tecnológicos con la búsqueda de vida extraterrestre, que vendría a ser el camino más corto para solucionar de una sola vez todo el problema. La clave está en que si uno se topa de frente con un espécimen -azul o verde- venido de otra galaxia, está más que claro que el “Et” tiene la tecnología y los conocimientos para transportarse a la velocidad de la luz y más; por consecuencia, debe tener también la capacidad para hacer viajes a través del tiempo. Es que ya no basta ni alcanza con ir a 300 mil kms por segundo para ir de paseo a algún planeta  habitable que esté a una distancia racionalmente cercana. Digamos que, a Kepler-452b, que es uno de los más recientes descubrimientos de la Nasa y que parece tener muchas de las características necesarias para la vida y muy parecidas a las que tenemos acá en la Tierra.

     El problema es que Kepler-452b se encuentra a 1.400 años luz de nuestro planeta, y de igual modo, a pesar de nos dirijamos allá a una velocidad enloquecida y nuestro velocímetro marque 299.999 kms/seg., nos demoraríamos la friolera de 1.400 años en llegar a disfrutar de las bondades del planeta. 


   
      Por lo tanto, tiene que haber un truco, un atajo, un maldito agujero de gusano en alguna parte del Universo que nos sirva para capear esta cuestión indimensionable de las distancias cósmicas. En línea recta no llegamos a ninguna parte, muy a pesar que los profesores de matemáticas de los colegios públicos digan lo contrario. El asunto está en la curvatura del tiempo y en otras teorías que no lograré descifrar ni tras 6 reencarnaciones.
Stephen Hawking, también está convencido de que hay respuestas definitivas que lo esclarezcan todo entre las civilizaciones extraterrestres que pudieran estar por ahí. Claro que, Stephen, también tiene sus reservas respecto de las intenciones que pudiesen tener estos alienígenas toda vez que, de seguro, nos verán -a los humanos- como quien se topa con un microbio cargante o un virus maldito a través del microscopio.
    
     ¿Fruncirán el ceño? (en el caso de tenerlo) ¿Pondrán cara de asco? (suponiendo que cargan una boca) ¿O nos contemplarán tal como nosotros observamos a las hormigas haciendo sus bobadas de ir de aquí para allá cargando sus cosas? ¿Serán enormes o chicos? ¿Tendrán sentido del humor y se reirán de sí mismos? ¿Qué comerán? ¿Cargarán sistemas digestivos que les produzcan gases que irrumpan grosera y violentamente el aire de sus ambientes? Las preguntas se multiplican por miles: ¿Serán inmortales? ¿Habrán ya trascendido de las tontas vanidades y los espejos? ¿Habrán vencido las ansias del poder y los delirios por las conquistas y la gloria? ¿Serán socialistas embobados en las igualdades o capitalistas de libre mercado?

     Stephen, tiene, además, otros temores: que sean agresivos y esclavizadores. Los 100 millones de dólares que se han puesto sobre la mesa para la búsqueda de vida extraterrestre, nos colocan en la ventana que da a un futuro apasionante. Habrá que ser positivo y pensar que lo que se nos podría venir con el descubrimiento de otras formas de vida extraterrestres, otras culturas, otros razonamientos, otras estructuras de conciencia, podrían ser la solución a todos los males que nos aquejan como una civilización humana de porquería que ha sido incapaz de resolver los enormes problemas causados a esta Tierra, a la propia Naturaleza, al bien común de sus habitantes, y que la han llevado a encaminarse peligrosamente hacia la autodestrucción por la vía de las desigualdades, la explotación esclavista, las guerras fratricidas y el horror a la muerte como el combustible de sus angustias, desvaríos y fatalidades.

Al igual que sucede con la supuesta existencia de dioses, ángeles y demonios, que no hemos logrado poner al alcance de una evidencia absoluta, las nuevas hipótesis acerca de las razas alienígenas apuntan a que los seres y ovnis que pululan subrepticiamente a través del Cosmos, no son otros que nosotros mismos venidos desde un futuro 45.000 años adelante. Esta versión descarta la existencia de otros seres galácticos verdes, azules o multiorgánicos, como también reemplaza el apelativo “alienígenas” por el de “viajeros en el tiempo”.

Sin embargo, ante la extraordinaria y enorme biodiversidad de la vida existente en la Tierra, con varias decenas de millones de especies de animales de carne y hueso, más otros, de las más increíbles constituciones orgánicas y que sostienen sus vidas en medio de ambientes imposibles, cuesta creer que todo este cosmos de existencia biológica se dé únicamente en este planeta y no existan otras formas de vida en ninguna de las cientos de miles de millones de galaxias con cientos de miles de millones de estrellas en cada una de ellas más otros cientos de miles de millones de planetas girando alrededor de estas estrellas.

Son demasiadas posibilidades como para descartar la existencia de seres orgánicos similares o diferentes a nosotros o a nuestros animales, insectos y demases, en alguna parte del Cosmos. La idea de que somos nosotros mismos los alienígenas que circulamos a través del tiempo y regresamos a la Tierra desde un futuro a 45.000 años de distancia, es tan factible como cualquiera de las otras muchísimas teorías que inundan el imaginario del ser humano y que no se han podido comprobar científicamente, tal como los Dioses ó las tinieblas del Infierno ó el Paraíso allá en el Cielo.  




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