The Guilty One

The Guilty One

Otra de Rodrigo

Extracto del libro de Rodrigo Cortés "Sí Importa el Modo en que un Hombre se Hunde"



...En el cielo hay millones y millones de estrellas(…) pero realmente a la vista, entre polución, astros débiles, contaminación lumínica y la propia atmósfera, apenas se ven unas pocas decenas. Y además esta noche hay nubes. Eso significa varias cosas. Una es que los poetas son poetas y no tienen ni puta idea de cómo es la realidad, esa es la primera cosa.Y la segunda es que el mundo, se mire como se mire, es una porquería de mundo: pequeño, mezquino y engañoso; así es el mundo y así es el cielo; y si uno no se puede fiar del cielo que es más o menos igual en todas partes, no se puede fiar de nada. Por eso, tengámoslo claro, no hay forma de tener un avión si no puedes pagar el hangar. Y ese es, precisamente, el tipo de cosas que ningún poeta de mierda encuentra tiempo para contar.

El Ejercicio de Condenar y Fusilar por Todo lo que No Sé y que Deduzco

Woody Allen, usted, yo



     No conozco a Woody Allen. No sé cómo es. No sé quién es. No sé si es un padre atento o descuidado, no sé si tiene animales, si hace favores o los evita, si los pide, si madruga o remolonea por las mañanas. No sé si es leal a su agente o le miente. No sé si es egoísta, miserable; si es afable y generoso. O afable, pero egoísta. O generoso, pero mal padre. Con animales. No sé nada de él. Y tal vez usted tampoco.

No sé nada de Woody Allen ni puedo saberlo, que es lo que le pasa al planeta entero. Puedo hacer como que le conozco por sus películas, si decido practicar un ejercicio de voluntarismo que otros llamarían adivinación; puedo amarlo u odiarlo por ellas, pero no puedo saber quién es. Puedo psicoanalizar sus escenas para un semanario de información general o para un programa de televisión, si me pagan lo suficiente. Si me gusta que me miren y me gusta escucharme. Puedo reducir a certeza cada indicio y labrar en mármol conclusiones a partir de cada línea de diálogo que sepa seleccionar y se ajuste a lo que querría creer de él. Como usted, como cualquiera. Pero no sé nada de él. Usted y yo podemos creer que sí y la realidad seguirá su curso inalterable, ajena a nuestra certidumbre.

«Los servicios de bienestar infantil de Nueva York y el hospital Yale New Haven de Connecticut investigaron las denuncias y concluyeron, por separado, que no hubo abuso. Pero pudieron errar. A veces suceden cosas que luego no pueden probarse»

Si creo que Woody Allen es víctima de una esposa despechada y sañuda es porque he decidido hacerlo. Si pienso que abusó de forma innombrable de una niña de siete años es porque, entre dos presunciones posibles, he escogido la segunda. Porque no puedo saber nada.
Los servicios de bienestar infantil de Nueva York y el hospital Yale New Haven de Connecticut investigaron las denuncias y concluyeron, por separado, que no hubo abuso. Pero pudieron errar. A veces suceden cosas que luego no pueden probarse. A veces alguien se libra injustamente de la condena que merece. Tales cosas pasan. Como a veces alguien acaba acusado por motivos espurios.

Soy director de cine. No es mucho ni es poco. Trabajo con actores. No sé cómo son en casa. Intento encontrar al más adecuado para cada personaje, porque esa es mi responsabilidad como director, ese es mi trabajo. Pido profesionalidad y compromiso, y no puedo ni debo pedir mucho más, porque mi oficio es el de tratar de convertir una película en la mejor versión posible de sí misma, manejar del mejor modo las voluntades diversas de varias decenas de profesionales y llegar al final de la jornada sin rebasar el presupuesto. Si puede ser.

Quizá una de las actrices sea profundamente inmoral y tenga aterrorizados a sus padres. Espero que no. Quizá uno de los actores sea atrozmente injusto con sus hijos y esté llenando sus almas de fantasmas. Ojalá no sea así, espero de verdad que no. Prefiero, como todos preferimos, trabajar con gente buena. Pero no puedo estar seguro de que nadie de verdad lo sea, ¿cómo podría estarlo?
A ninguno le pido -ni puedo pedirle, ni debería poder pedirle- un certificado de conducta sancionado por sus vecinos, ni me entrevisto con sus familiares y conocidos. Porque soy director de cine y ellos son profesionales, y mi competencia afecta a su conducta en el set, igual que ellos no pueden saber si trafico con drogas por las noches o si dono la mitad de lo que gano a la beneficencia: su deber en el set no es el de asegurarse de que yo sea una persona intachable en todos los órdenes, aunque ninguno aguantaría de mí, allí, un comportamiento improcedente.

«¿Firmaría un documento que me obligara a hacerme cargo de las consecuencias exactas derivadas de mi opinión, si la anuncio, a modo de juicio sumario?»

No es función de la policía determinar la ubicación de la cámara, ni la mía -por fortuna para todos- averiguar quién transgrede la ley.
La sociedad deposita en un juez funciones que ningún individuo debería soportar por sí solo. Un abogado tiene su propio mandato, como lo tiene el fiscal. Ninguno puede creer nada, la ley no se lo permite, no es su atribución hacerlo. Debe, en cambio, investigar. Averiguar. Determinar. Y probar.
Así que puedo -si quiero- creer cuanto desee creer, como puede hacerlo usted, de Woody Allen o de cualquiera, ¿quién va a impedírmelo?

Lo que me pregunto es lo siguiente: ¿estoy dispuesto a hacerme responsable de lo que crea de él, esté a favor o en contra; a hacerme plena y completamente responsable de ello? ¿Firmaría un documento que me obligara a hacerme cargo de las consecuencias exactas derivadas de mi opinión, si la anuncio, a modo de juicio sumario -por miedo a la prensa, por miedo a la sangre, por miedo al señalamiento, por inconsciencia-, a los cuatro vientos? Yo, que no soy abogado, que no soy juez. Que no soy Dios. Que soy, quizá, director, articulista, panadero. Presentador estrella. Bailarina. Actriz. Actor. ¿Lo haría? ¿Debería hacerlo?

«Desconozco si Woody Allen es un hombre bueno. Lo ignoro. Quizá lo sea. Tal vez sea un monstruo. Entre un millón de cazadores»

Si un músico no desea trabajar con un productor porque le da mala espina o una directora prefiere no contratar a un maquillador porque no le gusta lo que alguien le ha dicho de él, uno y otra pueden muy bien seguir su criterio. Con ponderación, espero, ojalá que de forma discreta si no tienen la plena certeza de estar en lo cierto. Con la elemental prudencia que su inteligencia les otorgue. Todos en nuestras vidas tomamos a diario decisiones y tratamos de emplear de la forma más juiciosa nuestro discernimiento. Pero si yo mismo, actor, directora, maquillador, músico, periodista estrella, opinadora, estoy dispuesto a acusar a alguien de forma irreparable y pública, a contribuir, con mis palabras, con mi actitud propaladora, a acabar con una carrera -¿una vida?-, a alentar una cacería sin ojos, o con miles de ellos, sin forma ni cerebro, sin gobierno, instintiva, justiciera, arrogándome una prerrogativa que la sociedad no me ha dado, fundándome en algo tan difuso y frágil como mi parecer, más me vale estar dispuesto a hacerme responsable, auténticamente responsable, personalmente responsable, de cuanto con mis actos provoque. U optar por esa quimera que ya nadie considera, la que ya nadie contempla: la de no tener opinión. La de no tener por qué tenerla. La de rechazar la obligación de blandir una siempre, como un estilete. La de ser prudente.
Desconozco si Woody Allen es un hombre bueno. Lo ignoro. Quizá lo sea. Tal vez sea un monstruo. Entre un millón de cazadores. ¿Lo sabe usted? ¿Puede saberlo? ¿Qué es lo que usted y yo sabemos?


Rodrigo Cortés
Director de cine, actor, escritor y guionista

Cómo Ser el más Grande sin Saber Leer ni Tampoco Escribir


Todas la autoridades nuestras a cargo de cualquier oficina, departamento, alcaldía o ministerio, no podrían ejercer el cargo si no tuvieran –como mínimo- el cuarto medio rendido o alguna carrera que avalara que saben algo o que tienen suficientes habilidades (¿me estái hueviando?) respecto del puesto que ejercen.

Piñera, quiere que todo el personal ministerial en servicio activo en su Gobierno, sea un conglomerado de profesionales técnicos expertos, capaces de cachar todo lo que se debe  cachar, y a la vez, sean idóneos para crear, planificar, prever, organizar y hacer lo correcto, preciso y necesario, en vez de la “lamentable sarta de improvisaciones y equívocos” que los esbirros de la Doña (pronúnciese Bachelet)  se han mandado con tanto esmero en los últimos 4 años.

Con guitarra, la cosa cambia. Ya sabemos que los grandes oradores, esos que logran el puesto a punta de verborreas expertas y salivazos que lo salpican todo, muy pocas veces refrendan en la pega lo que abundaba en sus discursos.

La pregunta que yo me hago es ¿Cambia la cosa cuando los “servidores públicos” son lindos y bien tenidos, y en vez de haberse quemado las pestañas en algún post grado de cualquier universidad nacional, estos sabelotodo se fueron de máster en Harvard, Stanford o Cambridge? ¿Hay alguna garantía de probidad con estos muchachos tan bilingües y bien instruidos?

El planeta ha sido testigo de los grandes descubrimientos de connotados científicos devanándose los sesos por sacar al hombre de la oscuridad o la insanidad física con inventos notables como la electricidad por un lado y la penicilina por el otro. Otros hombres con otras inteligencias y sabidurías, ayudaron a extirpar el primitivismo y las tinieblas de las mentes para hacer de la filosofía el arte de pensar y buscar las respuestas acerca de la existencia,  el conocimiento, la belleza, la mente, la moral, la muerte… amén de otras tantas cosas.

Para consternación de todos nosotros y de aquellos que se entrampan por no haber estudiado alguna carrera, y que se limitan por no haber cursado el cuarto medio, déjenme contarles que el más grande de todos los sabios filósofos que ha puesto un pie en esta Tierra, Sócrates, NO sabía LEER ni tampoco ESCRIBIR .



Para entender la significancia de Sócrates entre los otros sabios de la época y de todas las épocas, basta leer lo escrito por el segundo más grande, Platón, con quien Sócrates y Aristóteles fundaron las bases de lo que es hasta el día de hoy la filosofía occidental:

“Doy gracias a Dios por haber nacido griego y no bárbaro, doy gracias a Dios por haber nacido hombre y no mujer, doy gracias a Dios por haber nacido libre y no esclavo,  pero por encima de todo  agradezco a Dios haber nacido en el siglo de Sócrates”.

Seguramente, a Piñera le importará un pucho lo de Sócrates. Y, a lo mejor, tampoco le interesará, a la hora de reclutar expertos para que nos saquen de este oscurantismo burocrático (y municipal), que, Thomas Alva Edison, inventor de la ampolleta y el fonógrafo (entre otros miles de  inventos) cuando niño alcanzó a estudiar en la escuela apenas 3 meses antes de ser enviado de vuelta a su casa acusado por el señor director de “estéril e improductivo”. Su madre se transformó en su maestra. De ahí en adelante todo fue un “hágalo usted mismo” para Alva Edison y con ello pavimentó su camino hacia la genialidad.

Posiblemente, Piñera, pensaría en grandes ingenieros si tuviera que lidiar con asunto aeronáuticos. Así también lo pensaba William McKinley, presidente de USA de la época, cuando confiaba en que la primera máquina voladora sería finalmente inventada por el gran ingeniero, astrónomo, físico e inventor Samuel Langley. Sin embargo, fueron los hermanos Wirbil y Orville Wright, unos autodidactas que nunca pisaron una universidad, los que a punta de cachativa y mucho esfuerzo, lograron desarrollar el primer avión y además construyeron el motor que lo puso a volar.

Hoy, en este siglo cibernético, se puede aprender a hacer casi cualquier cosa sin tener necesariamente que pasar por una escuela de especialistas. Es cuestión de escribir al principio la palabra “¿Cómo…” en el computador, y se desplegará un sinfín de posibilidades. Revise las respuestas que repiten la misma fórmula varias veces y…aplique. Así hicimos, mi mujer y yo, para construir nuestra casa de 100 m2 que estamos ya a punto de inaugurar y que nos quedó ¡hermosa, cómoda y confortable! Y que, además, nos costó menos de la mitad de lo que nos cobraba un constructor.

Una cosa es ser un ingeniero, científico, arquitecto o médico, y otra muy diferente es dirigir un ministerio. No hay garantía alguna, en términos de habilidad administrativa o política, en la gestión de un profesional universitario. De hecho, la gran pifia de Piñera en su primer mandato fue justamente confundir la “tecnocracia” con la administración gubernamental.

Sócrates, dijo sobre sí mismo: “Sólo sé que no sé nada”. 
¿Cuántos políticos se atreverían a decir tal cosa?




La Prensa, la Política y el Fútbol


En Chile, la prensa es generalmente, escandalosa, exagerada, amarillista, inexacta, inescrupulosa y hasta iletrada. Más que informar, tiene como objetivo vender.
La prensa, ofrece y promueve –además de algunos visos de cierta realidad- escándalos, copuchas, murmullos, chimuchina, cahuines y supuestos. Ni se inmuta para decir cualquier cosa que, a unas cuantas horas, ya es otra, y que al día siguiente puede ser hasta todo lo contrario.
Vivimos inmersos en una sociedad consumista donde existe una maquinaria publicitaria monstruosa e impúdica, la que no tiene moral ninguna a la hora de representarnos las maravillas de un X producto sin importar en lo más mínimo que tales cualidades NO existan. Lo verdaderamente importante no es defender el nivel del consumo sino extender el consumo a como dé lugar y de la forma que sea.

Coca Cola, por ejemplo, se gasta en el mundo decenas de millones de dólares en publicidad para convencernos que es “La Chispa de la Vida”, cuando todos sabemos que es un brebaje de porquería que no sirve para otra cosa que para darnos la ilusión de quitarnos la sed o la de integrarnos (ilusoriamente) a un paquete gringo en tono paraíso donde hay jolgorio y chicas deliciosas que comparten con uno mientras bebemos con fascinación el mismo brebaje que también sirve para destapar el inodoro o para quitarle el óxido a un clavo del seis.
¿Somos tan weones los seres humanos consumistas?

Gracias a la prensa, sabemos todo lo que pasa, aunque aquello que “pasa” no es necesariamente lo que en verdad ocurre. Es decir, no sabemos casi nada de la realidad porque el “virtualismo” ya es parte integral del juego de las noticias y de la vida misma a través de las redes sociales, del whatsapp o de los anuncios publicitarios en cualquier esquina…

                                                                                                
Por alguna razón que me resulta inexplicable, la prensa tiene especial predilección por la política. En una sociedad que mayoritariamente está cada vez más lejos de la parafernalia, el doble estándar y el discurso del que hacen gala los políticos, no se entiende bien que la prensa le dé cabida con tanto esmero y dedicación a ese palabrerío decadente que no es otra cosa que un discurso repetido millones de veces y cuyo propósito de fondo es hablar maravillas de sí mismo (y de su conglomerado) culpando a todos los otros o a cualquiera de ellos, de todos los males que nos aquejan.  Un juego cansino, fome y predecible. Como un partido de fútbol malísimo, pero que el relator se afana en transformar en un gran encuentro a través exagerar y ponerle color a las acciones de un juego intrascendente en el que la pelota va y viene, sube y baja, pero nunca llega a las porterías, porque a esas alturas ya todos sabemos que se está cocinando un 0-0. 


En el fútbol como en la política -aunque con nombres diferentes- está “técnicamente” permitido el engaño, el fingimiento, la zancadilla, el “foul” táctico y un sinfín de otras triquiñuelas que, en la calle –donde circulamos los comunes y corrientes- serían suficientes para  pasar por  sucios, tramposos y hasta por delincuentes.

Lamentablemente, la política es un mal necesario e imprescindible. Su maldita utilidad fundamental está centrada en “el ejercicio de las estructuras del poder, con el propósito de resolver, equilibrar o minimizar el choque de intereses que se producen dentro de una sociedad”.
(¡Linda verborrea!)

Lo que contamina y corrompe los fundamentos de este ejercicio, es la cantidad de ego y avaricia que se despierta casi naturalmente en las esferas del poder.
La especulación no tiene límites en el juego de informar como tampoco en el fútbol y mucho menos en la política donde el objetivo de aportillarse unos a otros es muchísimo más importante que resolver los verdaderos problemas que atañen a la gente.
Entre Piñera y Guillier se dijeron porquerías que en la calle alcanzarían para provocar palizas fenomenales, pero que en política no son más que bazofias que se practican en comité NO para insultar al contrincante (acuérdese que luego, sin cámaras, se van en puros abrazos) sino sólo para impresionar al baboso del voto, NO sólo para que éste vote por el que insulta mejor sino también para que NO vote por el insultado que no supo sacarse el pillo.
¡Está de cajón!, dirá usted. Sí, claro. Pero, ¿No le parece penca el procedimiento?

En fin, ¿Para qué me meto en weás?, decía un amigo mío al que le encantaba desmenuzar la caca con un palito.


Fábulas Cristianas: Cuando la Santidad Protege a sus Demonios


La fe, es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”, explica Pablo (Hebreos 11:1). Un concepto que pone de manifiesto que la emoción intrínseca que impulsa la fe es la creencia en cualquier cosa, persona o deidad que se haya implantado en el consciente colectivo de la gente por la razón o la fuerza o por amor o por miedo. O también, por todo junto.



Los dioses conocidos que pueblan la Tierra, hoy, son alrededor de 4.200
CUATRO MIL DOSCIENTOS dioses y su equivalente en CUATRO MIL DOSCIENTAS RELIGIONES.

O sea, en términos futbolísticos, la religión católica, con Jesús, la Virgen María, el Papa, la Biblia, el Vaticano y unos 2.350 millones de creyentes incluidos, viene a ser como el Real Madrid de las religiones.

El Islam, con Alá, Mahoma, el Corán, la Meca y unos 1.350 millones de fieles, sería como el Barcelona (con Messi incluido).

El Hinduismo, levemente más atrás, y con un número cercano a los 1.050 millones de fieles, se presenta como una de las  religiones más antiguas del mundo (1.400 a 1.500 años antes de la creación del cristianismo). Su complejidad es abrumante y es casi imposible seguirle la pista, a menos que usted sea un culto creyente nepalés o indio y tenga la capacidad para no perder la fe en una religión que ha llegado a tener hasta 330 millones de dioses. Aunque, Brahma, está primero en la lista de todos ellos.



                                                      Brahma

Imposible sería describir el resto de las 4.200 religiones que se reparten por todos los rincones del planeta y otras muchas que han surgido últimamente, como, por ejemplo:
Nuwaubianismo (un derivado del islamismo de raza negra y su creencia de que son descendientes de extraterrestres, los annunaki )
Iglesia de la Eutanasia, cuya máxima y único mandamiento es “No procrearás”
Iglesia de los Subgenios, una orden de fieles herejes y blasfemos con dedicación exclusiva a la libertad absoluta (¿?)
Secta de Osho, fundada en USA por un gurú llamado Bhagwan Shree Rajnees (quien, con la astucia imprescindible que se requiere para triunfar en el mercado de la fe, se cambió tamaño nombre por el de Osho). Este nuevo empresario religioso alcanzó gran popularidad entre los gringos ricos de Oregon, promoviendo un culto en el cual la pobreza material es la gran vía de la elevación espiritual. Como buen político de última generación, tenía muy claro que en este negocio no es requisito ser tan, pero tan consecuente. Por lo tanto, y gracias a este estupendo convencimiento, más el gentil auspicio de sus fieles, amasó para sí mismo una enorme fortuna, hasta el punto de hacerse fotografiar rodeado de riquezas  y conduciendo alguno de sus 94 Rolls Royce.
Su máxima patudez ha sido insistir, a quien quisiera escucharle, que su ostentación no era para beneficio propio sino para demostrar la fatuidad del materialismo de la sociedad estadounidense… (¡Já!)

Como persona sensible, pensante, medio cínica, medio generosa, medio egoísta y sospechosamente buena gente, me declaro escandalosamente sorprendido de la vulnerabilidad humana de tanta gente con respecto de sus dudas y temores existenciales.  A pesar de mis debilidades y miedos, especialmente sobre aquello por venir después de la muerte, me declaro incompetente para inscribirme en ninguna de las 4.200 religiones, y mucho menos a rendirle pleitesía a un señor llamado Francisco.


Francisco, argentino de nacimiento y Papa, jefe máximo de la Iglesia Católica, quien, muy lejos de la supuesta santidad de su investidura, amparada por la institución que lo cobija (más una gran mayoría de los 2.350 millones de fieles que lo reverencian),  viene a Chile como el representante terrenal de un dios divino, pero,  a la vez,  se niega a dar un  espacio de consuelo y mea culpa –presencialmente- a muchos de aquellos fieles de su iglesia que fueron abusados sexualmente de forma oportunista, vil y despiadada por algunos miembros de casi todas las jerarquías de esa misma iglesia y que –valga la redundancia- él preside y pastorea como Sumo Pontífice y Vicario de Cristo en la Tierra.

"Es necesario que las (simples) palabras de perdón, vergüenza y dolor que ha expresado el Papa durante su visita a Chile se transformen en acciones concretas, para erradicar de las filas de la Iglesia a todos quienes se han aprovechado de la asimetría de poder que les da su ministerio y han abusado sexualmente de niños, niñas, jóvenes y personas vulnerables. Y también a todos quienes han encubierto activa y pasivamente estos abusos".
(Declaración efectuada por la agrupación de las víctimas de abusos del sacerdote Fernando Karadima).

¿Qué principios de lealtad con sus fieles, de amor al prójimo o de “amor cristiano” puede haber en este representante máximo de esta iglesia, quien antepone intereses institucionales y calculados gestos proteccionistas, por sobre la obligación moral, católica (en su presunción divina) y en justicia con aquellos niños y jóvenes que perversamente  han sufrido el abuso, la humillación y el agravio por parte de quienes son miembros de esa iglesia y que están allí, juramentados  ante su dios, para protegerlos, orientarlos y entregarles amor y sabiduría?

Resulta del todo impresentable que una religión que presume caridad, divinidad y misericordia, no sea capaz  de abrir su corazón a sus feligreses. Es como una madre que no sabe amar a sus hijos o que es incapaz de conectar su corazón con el niño que carga en su vientre.

Francisco, calla calculadamente y les da la espalda a las víctimas de estas perversas agresiones. Con ello, entrega señales inequívocas de que existe descaro, cinismo, arrogancia y soberbia en la iglesia católica, porque refleja la incapacidad de sentir vergüenza por su ineptitud,  abulia e indiferencia a la hora de intentar romper la inercia de los abusos sexuales que recurrentemente están ocurriendo entre sus miembros y en contra de niños.


El Peligro de las Cabezas Huecas que Disparan al Bulto

por Alien Carraz


          La dificultad de tomarse demasiado en serio radica en que hay un ego exacerbado que siempre está presente en las emociones y los pensamientos y, por consecuencia, en la actitud y en las palabras que salen de la boca. He luchado toda mi vida por abandonar al farsante que llevo dentro, aquel tonto sometido a la exaltación pretenciosa que quiere pavonear sobre sí mismo algo que no es o que no tiene. Lo he repetido muchas veces: hoy en día vivimos insertos en un planeta impostor y mercantil que no se inmuta en lo más mínimo ante la irrelevancia de la verdad o la tergiversación de la realidad. Así, por ejemplo, las etiquetas de algunos productos enlatados o en cajas que consumimos cotidianamente como alimento, traen impresas una verborrea publicitaria que se parece a los discursos de un vendedor de automóviles usados, y que entre los ingredientes descritos en ellas se incluyen unos caracteres químicos que son como un listado de una fórmula para hacer dinamita o algún veneno para matar cucarachas.


      Todos compramos estos alimentos y los comemos sin saber a ciencia cierta qué es lo que tragamos. Estamos entregados a la creencia ingenua que todo está bien porque las burocráticas autoridades sanitarias nos indican que ellos hacen su trabajo y que “tienen muy clara la inocuidad” de los estrafalarios nombres químicos impresos en las etiquetas. Pero, como básicamente no sabemos nada de los aparatos mecánicos y electrónicos que usamos, y tampoco de las cosas envasadas que nos llevamos a la boca, paulatinamente hemos ido perdiendo la conexión de nuestros sentidos con todo lo que nos rodea y, especialmente, con la naturaleza de las cosas. De hecho, muchos niños de las metrópolis de hierro y cemento no sienten ni vislumbran a un pollo como un animal vivo que sale de un huevo que ha puesto una gallina, sino como un paquete tipo sachet que se compra entero o por presas en un supermercado.
      Esto, no tiene demasiado de alarmante. Es apenas otro más de esos pasos acelerados por la acción del hombre en el camino de su propia evolución en la era industrial y tecnológica, en medio de una carrera de masificación a través de la modificación genética y en pos de satisfacer las demandas alimentarias de la gente y del planeta entero donde haya poder adquisitivo. La intuición, las evidencias, los cambios climáticos, las conclusiones alarmantes de una mayoría de los científicos y los números que corroboran estas señales negativas -todo al unísono- indican que el planeta en general -y bajo la batuta de los imperios políticos y económicos que dictan las tendencias- no va por buen camino.
      Cuando uno observa lo que sucede en Estados Unidos con los triunfos políticos de un personaje de la extravagancia bufonesca de Donald Trump, es posible predecir que la fuerza vital, la energía de la inteligencia ciudadana, anda dando de botes en algún vacío insondable, tal como la bolita aquella en una cabeza hueca. La gente tiene necesidades que nacen de la incertidumbre y el desasosiego. No hay confianza en las fuerzas políticas y gubernamentales, ni en el Estado ni en la Cia ni en el FBI ni tampoco la hubo en Obama. La gente estaba cansada de lo mismo con lo mismo y prefierió verse reflejada en un candidato anti-clásico -un deslenguado transgresor y millonario, hecho a sí mismo- que en un político típico, de escuela, sostenido en la retórica clásica y una verborrea ídem.
      El mundo, corre el peligro que un tipo de esta laya se haya hecho con el poder y acreciente e intensifique las rivalidades y odiosidades de una exacerbada parte del planeta en guerra permanente contra los Estados Unidos. Al igual que su discurso arrogante y pendenciero de acabar con el Isis en un tiempo mínimo, pueda servir más para reactivar los planes maquiavélicos de las falanges violentas del islamismo, incrustadas subrepticiamente dentro del territorio estadounidense, y también repartidas en muchas capitales del mundo.
      La mentalidad de Trump se adjunta a la de aquellos perfectos oportunistas sin escrúpulos que tienen un plan rompedor de moldes para impresionar a los impresionables hastiados de las promesas de siempre y ansiosos de cambios y nuevas promesas (sin importar mucho si parecen delirios). Lo de Trump es como el idiotismo que se nos revela acerca del “idealista” aquél (llámese sociópata o terrorista), Salah Abdeslam, perpetrador del ataque en Paris. Su abogado lo describió con todas sus letras: “Es un pequeño idiota de Molenbeek (Bruselas) involucrado en delitos menores; es más un seguidor que un líder. Tiene la inteligencia de un cenicero vacío. Es el ejemplo perfecto de la generación del “Grand Theft Auto” que cree vivir en un videojuego. Cuando le pregunté si había leído el Corán, me dijo que había leído algunas interpretaciones en Internet”. 
      O sea, todo aquello de ¡Alá es Grande! que se utiliza para matar a discreción y a personas indefensas, justo en el momento de apretar el botón o descargarles impúdicamente ráfagas de metralleta, no es más que una frase de campaña, un grito de guerra, una bazofia que tiene la conexión con algún dios como la de un martillo con la cabeza de algún clavo. 





Las Mujeres de "Blade Runner"

por Alien Carraz


      
  Mientras las sociedades occidentales desarrolladas (¿desarrolladas?) avanzan en el futurismo presente de lo cibernético, la nanotecnología, la inteligencia artificial, la biología sintética y otras técnicas bizarras altamente inconsecuentes y casi antagónicas al prototipo original del ser humano, en el planeta fashion del modelaje nos hemos ido llenando de figuras surrealistas, de modelos que parecen maniquíes de porcelana de dos metros, algunas, con menos curvas que una regla T, y otras, con un aspecto de extraterrestres humanas que caminan por las pasarelas como si les picara el trasero.

     
 Son unas especímenes raras que no se hallan en los restaurantes, ni en los bares, ni en las concentraciones de mujeres que pelean por sus derechos, ni en ningún club donde se reúnan señoras que tienen tetas llenas de leche para alimentar bebés gordos y chillones que ensucian los pañales.

      Los encargados de la creación de la moda y las nuevas tendencias, esos
 tipos-tipas que visten y se muestran en un tono entre la antimateria y lo estrafalario (como para dejar muy en claro que ellos son absolutamente diferentes y que no forman parte de la masa uniforme) nos abren a las imágenes de un mundo futurista que se expresa como hastiado de sí mismo y que no sonríe nunca, porque la sonrisa parece ser una forma estúpida de andar por la vida exponiendo peligrosamente lo que lleva uno por dentro.

      Lo dicho: las muñecas de pasarela, no sonríen nunca. Siempre modelan caminando de prisa y en su mirada hay un vacío indiferente, casi un desprecio, como si en vez de mostrar la ropa que cargan, estuvieran representando a un prototipo de mujer, un híbrido insensible y arrogante que no se conecta con nosotros, los típicos idiotas comunes y corrientes de todas partes.

     
 Una de mis películas de ciencia ficción favoritas, "Blade Runner", nos entrega la visión de un futuro oscuro, sucio y hasta maloliente, en donde la única chica que parece tener corazón es la cyber que fue construida para brindar placer a los hombres humanos. Y como fue hecha para dar gozo, es también la única de esta película que es capaz de evolucionar hacia el amor a través de una sensualidad conmovedora, tan o más plena, profunda y genuina que la que nos podría regalar la más sensible, hermosa y deliciosa mujer de carne y hueso.

     
 Casi todo lo que vemos publicado sobre los tiempos que vienen en los próximos 100 años, no muestra señales del sol ni de un cielo abierto a las estrellas, ni de niños jugando entre prados verdes llenos de flores. Lo que se vislumbra es un mundo en penumbras, de colores ocres y cenizos, con el ulular de las sirenas resonando por las calles sucias y llenas de desperdicios…
(¿Será que habré visto las mismas películas demasiadas veces?)

      El consciente colectivo del ingenio creador de los que escriben libros, guiones o hacen cine y televisión, trae las imágenes de una peste por venir que hará de los hombres unos seres muertos-vivos que caminan como idiotas, gruñen igual que una hiena con carraspera y que se abalanzan sobre los otros humanos sanos para comérselos a dentelladas, aún peor que animales hambrientos. No hay nada de edificante ni multicolor en el cuadro del mundo que se nos avecina.

     La intuición, que es una de nuestras vías de conexión más eficientes con nosotros mismos, con lo que nos rodea y también con lo que vendrá, nos dice que todo lo que se repite de manera constante en la imaginación propia y ajena, son las imágenes de un futuro próximo (y no tan lejano) que ya viene viajando desde el ADN de la naturaleza, la nuestra, la cósmica.





Particularidad musical

Me ha encantado esta versión de Walk Off The Earth 
 sobre la gran canción "Somebody that I used to know" de Gotye.



Del libro de Johnston: “Cómo se Hizo Donald Trump”



     En 1988, el periodista estadounidense David Cay Johnston viajó a Atlantic City para entrevistar a Donald Trump, multimillonario y negociante, dueño de casas de juego y magnate inmobiliario.
El personaje le pareció un “fenómeno central de la cultura estadounidense”. 30 años más tarde, Trump es el presidente de ese país.
En 2016, no mucho antes de las elecciones, Johnston publicó el libro “Cómo se hizo Donald Trump”. Para ello echó mano de toda la información acumulada en su acucioso seguimiento del personaje durante tres décadas.
Documentos, entrevistas, artículos. Lo hizo –según dice- para que sus compatriotas votaran sabiendo que, a todas luces, Trump no calificaba para presidente del país más poderoso del mundo. Pero igual lo eligieron.

Se trata de una investigación exhaustiva e implacable sobre la conducta y el estilo de Trump en los negocios, pero que también –es inevitable- lo desnuda como ciudadano e individuo. Y no parece un tipo de fiar. Y lo muestra, sobre todo, como un ideólogo y propagandista de sí mismo.
Podemos ver -siempre con datos y fuentes comprobables en la mano- cómo piensa y actúa Donald Trump en todos los ámbitos. Con el dinero y con las mujeres. Su racismo y misoginia no son novedad.

El actual mandatario no está feliz con el trabajo de Johnston y lo ha amenazado muchas veces con demandarlo.
Mi libro se ha publicado en 10 idiomas”, señala por su parte el autor, “y nadie ha señalado ningún error”.

Una máxima de Johnston es: “si tu mamá te dice que te quiere, verifícalo”.
Una máxima de Trump es que en los negocios (y en todo aspecto de la vida) un arma imprescindible es la venganza: si te golpean, golpea más fuerte.
Caliente o fría, igual es uno de sus platos favoritos.

No le falta sadismo: ha confesado disfrutar con la desdicha de sus enemigos, rivales o contradictores, sobre todo si la ha provocado él mismo. Aunque sean sus parientes. Y agrega “me encantan los perdedores, porque me hacen sentir satisfecho de mí mismo”.

Vanidoso, ignorante y mentiroso, Trump se las ha arreglado para salir bien parado de los muchos entuertos judiciales con miles de millones de dólares en juego en los que se ha involucrado gracias a su habilidosa deshonestidad. Sus impuestos son todo un tema. Su capacidad de intimidar y manipular a las personas, también. Leer “Cómo se hizo Donald Trump” es, al mismo tiempo, un ejercicio de cómica incredulidad. La desfachatez de este “adolescente narcisista de setenta años” (como lo han llamado) consigue hacernos reír de indignación (extraña mezcla).

Muchas veces, Trump difundió noticias falsas de sí mismo. ¿Cómo? Telefoneando a periodistas y fingiendo ser un tal John Baron o John Miller, supuesto portavoz de Mr. Trump y dispuesto a revelar intimidades de su patrón. Por otra parte, y hace un par de décadas, hizo este mismo truco narcisista, insinuando que tenía una aventura amorosa con la cantante y modelo italiana Carla Bruni.

A veces, Johnston –que en el 2001 obtuvo el premio Pulitzer de periodismo por otra investigación- suena tan farsante como el personaje de su libro. Dice que él y Trump se parecen en algunas cosas, pero que la gran diferencia es que él venera la honestidad, mientras Trump sólo venera el dinero, el poder y el “triunfo” a como dé  lugar: Trump, siempre quiere más.
Por ahora, observémosle -con el alma pendiente de un hilo- cómo gobierna a los Estados Unidos (y a una buena parte del mundo) desde la Casa Blanca.


La perspectiva que se abre tras cada nueva aparición de Trump en la escena política es un aviso que nos señala que la estabilidad de los Estados Unidos frente al resto del planeta se ve seriamente amenazada porque gracias a estos gestos son mucho mayores los daños que las fortalezas y porque el tono supremacista de Trump, su ignorancia, su falta de tacto, su prepotencia y ese estilo de “Emperador Global del Mundo” son la fuente de inspiración de los más peligrosos detractores y enemigos de los Estados Unidos siempre dispuestos a inmolarse con tal de llevarse por delante a cualquier estructura o monumento, a cualquier ciudadano o a cualquier símbolo que represente a cualquier icono de la cultura estadounidense.

Igualmente, y al interior del país norteamericano, crece un sentimiento anti trumpista que puja por conseguir la destitución del presidente, ojalá antes de que éste consiga enfrascar a los Estados Unidos en alguna guerra absurda como, por ejemplo, con Corea del Norte.
La inteligencia emocional de Trump es peligrosa, aún peor que la de Kim Jon-un.



La Justicia Social que le falta al Capitalismo


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"...La justicia social se refiere a las nociones fundamentales de igualdad de oportunidades y de derechos humanos, más allá del concepto tradicional de justicia legal. Está basada en la equidad y es imprescindible para que los individuos puedan desarrollar su máximo potencial y para que se pueda instaurar una paz duradera". 

(¡Já!)

     El Capitalismo, se parece bastante a la propia Naturaleza en la que estamos insertos y de la que somos  - al igual que todos los seres vivos - voraces miembros que luchan por la sobrevivencia y la conquista del cetro que nos da derecho a montarnos a todas las hembras, a comer las mejores presas, a regodearnos con los privilegios de ser el alfa del lote, pero que, a la vez, nos obliga a ser los cabrones de la manada porque de otra forma los HdP aspirantes al trono están siempre listos para caernos encima y dejarnos con las manos vacías.
Aclaro, por si acaso, que este no es un discurso con afanes machistas.
Difícilmente, al Capitalismo le darán ganas de aplicar Justicia Social porque ésta forma parte de los beneficios que cada quien debe conseguir “a huevo” si quiere sobrevivir en una sociedad que privilegia la chispeza y el sacarle lustre a las oportunidades, por encima del trabajo asalariado o el calentamiento de un puesto seguro en el que a duras penas se respeta la antigüedad y que recompensa con dividendos de “muerto de hambre” después de algo así como 45 años de hacer la pega y entregar un tanto por ciento a las AFP.
Los gobiernos de izquierda no han tenido la menor idea de cómo equilibrar este asunto del libre mercado y su autorregulación para que los humildes y sencillos que apenas sobrepasan el sueldo mínimo tengan respaldo a sus limitaciones y sean decentemente protegidos por la tonta maquinaria del Estado. Algo que es tremendamente difícil porque todos sabemos que los chilenos somos especialistas en hacernos pasar por “humildes y sencillos” con tal de agarrar nuevas tajadas y jodernos al Estado, al vecino, al pariente o al que sea.
Gracias a esta incompetencia generalizada del Estado y de los sucesivos gobiernos desde que se inventaron los gobiernos, no se ha logrado solucionar casi ninguna de las lacras que asolan la convivencia entre la gente ni mucho menos se ha conseguido desarrollar una forma de Justicia Social que pueda ser aplicable a todos los chilenos y por encima de las izquierdas y derechas que en su momento han estado a cargo del buque.
La incompetencia social y política de los encargados es la marea roja que lo contamina todo. Son muy pocos los candidatos que llegan a pecho descubierto y exudando vocación de servicio, y son los mismos que al poco andar, y ya sumidos hasta la cintura (del cuello) entre pantanos, tejemanejes, intrigas y contubernios, terminan por reajustar los ideales y aplicar la norma de los buenos muchachos, las conveniencias y los privilegios.

La Justicia Social es una utopía de la izquierda latinoamericana que se fue diluyendo en el caldo de sus propias falacias, desaciertos y descomposiciones. Maduro, lleva hoy el estandarte de los ineptos, de aquellos líderes inútiles e incapaces a los que se les puede entregar un país rico con recursos casi ilimitados, pero que tras un corto tiempo de gobernarlo, lo convertirán en una empresa en la quiebra y una sociedad en el caos.